Malvinizar las conciencias es dignificar nuestra historia

En cinco ediciones sucesivas el Foro publicará un extenso artículo de Claudio Chaves sobre Malvinas y el proceso de desmalvinización que continúa hasta nuestros días. La nota de marra formará parte de un libro más extenso a cargo de Nicolás Kazanzew.

Por Claudio Chaves | 03/05/2026

“La Nación es un largo camino, hecho de victorias y derrotas, en la que
lo esencial es persistir y combatir para lograr los objetivos nacionales.
Por lo tanto, aquellos setenta días de 1982 no han terminado”.
Jorge Castro. Prólogo al libro del Contralmirante Carlos Busser

INTRODUCCIÓN

Fui invitado cordialmente por Nicolás Kazanzew a  escribir algunas ideas para el presente libro. Acepté orgulloso la convocatoria, no solo por la jerarquía que  Nicolás tiene sobre el tema Malvinas sino porque la Guerra  ha sido para hombres y mujeres  de nuestra generación un acontecimiento de  tal magnitud y hondura, que se clavó  en el corazón, donde anidan  los más profundos y sinceros  sentimientos. Es también el presente libro un homenaje a esa gesta y a sus héroes para que las generaciones venideras los recuerden, eslabonados con el pasado, en  una cadena indestructible, amarrada a la luminosa generación de patriotas que combatieron por nuestra Independencia y soberanía en el siglo XIX.  Guerras que nos dieron identidad y autoridad para gobernarnos autónomamente y ser finalmente una República.

Recuerdo como si fuera hoy, aquellos días de 1982, la euforia de muchos, el escepticismo de otros y la sorpresa de todos. El giro copernicano de la dictadura militar dejó a muchos  en falsa escuadra, especialmente a los propensos a ideas inmodificables,  grabadas en  piedra. ¡Era una dictadura, nada bueno podría salir de ella!  El concepto que se tenía  de aquel gobierno cegó a muchos respecto del 2 de abril. Y esto hacia ambos laterales del tablero ideológico político. No logró, sin embargo, obstruir las emociones de cientos de miles de ciudadanos que esa jornada se reunieron en Plaza de Mayo.

Derecha e izquierda quedaron unidos en la aprobación o en la desaprobación. Algo inédito.  Campos políticos que se repelían  en las vísperas, ahora aprobaban al gobierno nacional o lo desaprobaban. Esta novedad hizo creer a muchos que Malvinas era un catalizador de voluntades, un acontecimiento capaz de unir a los argentinos   enfrentados desde épocas inmemoriales.  Grave error. La guerra generó una nueva fractura, distinta, como todas las guerras de nuestra historia. Nada que inquiete a la diosa Clio.

En junio de 2025 un trío de historiadores, a quienes aprecio en lo personal,  sin acordar en sus ideas, hicieron pública una nota sobre Malvinas: “Como propuesta de identidad para los argentinos, nos resulta pobre. Solíamos pensar que la unión nos permitiría una vida en común plural, sin horror al disenso, porque   respetar la pluralidad hace mejores nuestras vidas y es más útil para la patria. Pero en lugar de sustentar nuestra unión en algo que tenga un valor intrínseco, que haga posible la vida en común, la prosperidad, el pluralismo, estamos   fundando   nuestra    identidad en una causa encarnada en   un enemigo” [1] La causa encarnada en un enemigo,  sería entonces,  la defensa de la soberanía territorial, la que  ubicarían  en segundo o tercer plano respecto de la prosperidad y el pluralismo. Sin embargo, el asunto,   se puede ver de otra manera.  La soberanía territorial  es un gestor de la prosperidad. Por ejemplo, Inglaterra usufructúa en las Islas   la riqueza pesquera y la eventual  petrolera. [2] De todos modos no se trata solo de riqueza material,  las naciones se constituyen también con otros materiales no mensurables en oro.  Miradas muy parecidas a los autores de marras  nos han hecho perder Uruguay, Paraguay y Bolivia. Hoy seríamos 70 millones de habitantes y una riqueza infinita. La soberanía genera prosperidad.

Pero como hemos dicho no es solo riqueza lo que amalgama la nacionalidad. Con la pérdida del Uruguay, en la guerra contra el Brasil, dijo Rivadavia (político afín a los tres historiadores)  en el Congreso Nacional de 1824 : “La guerra, en que tan justa como noblemente se halla empeñada la Nación no cuestiona únicamente el objeto material de la Banda Oriental. Ante todo prevalece el ser nacional de este país. El Río de la Plata debe ser tan exclusivo de estas provincias como su nombre, sin la posesión exclusiva de él, ellas no existirían” [3] ¿Sabrán esto tres intelectuales que don Bernardino hablaba del “ser nacional” Por otro lado, adiciono, que  el Río de la Plata de ayer es el Atlántico Sur de hoy?

El lector desprevenido que quizás no entienda lo de las pérdidas señaladas,   apunto  que   constituíamos una unidad más vasta, el Virreinato del Río de la Plata, anterior a las provincias, del cual   algunas se extraviaron por desinteligencias internas.

El presente libro se propone abordar aquellos acontecimientos, las causas de la  Guerra de Malvinas y la guerra misma,  sin aspirar a la unanimidad, pero sí, salir al paso, en el territorio de las ideas,  de aquella malhadada idea, brutal, gélida y despiadada,  que  caracterizó  al 2 de abril como  un carro atmosférico.   Y esto ocurre porque en general nuestros políticos juzgan el presente sin estar amarrados a la historia patria. No guardan vínculos con el pasado.   Los acontecimientos, son para ellos, eslabones desgajados. Puro presente, no hay historia y sin historia no hay identidad.

Volviendo a los tres historiadores, diremos que las causas de soberanía involucran a otro siempre, al que usurpa, al enemigo. Podemos discutir como recuperar lo robado, la metodología a usar,  lo que no se puede poner en cuestión es que quien la ocupa es un enemigo y sobre él se funda la demanda. O el ser nacional, como decía Rivadavia.  ¡Que sorpresa debe ser para estos historiadores que Rivadavia desde el pasado los juzgue como  imprudentes!

La identidad nacional no está en las islas, en el nacionalismo territorial   o geográfico, descalificado por los autores. Está  en la voluntad de recuperar lo nuestro. Si no fuera así  no se entiende a China cuando reclama Taiwán, a Rusia cuando pelea por Ucrania o a España cuando el Parlamento Catalán aprobó una resolución para declarar la independencia y el gobierno español dejó fuera de la ley a los separatistas en el 2017, y tantas otras veces en su historia.  Por supuesto que estos ejemplos difieren de  Malvinas, pero no tanto como   afirmar que estamos flojos de papeles para reclamarlas como nuestras u otros que concluyen que no nos pertenecen porque cuando fueron usurpadas en 1833 no estábamos constituidos como nación pues no había, aun,  una Constitución Nacional.   Aquí el disparate es mayúsculo no solo por provenir de una Diputada Nacional  sino que esta Diputada es Licenciada en Historia. ¡Un horror! Adicionamos a la galería de almas ingenuas, por decir lo mínimo,    la inconsistencia  del Club Político Argentino, reunión de intelectuales y pensadores argentinos, que declararon en el año 2012, como propuesta política para suavizar  el vínculo con Inglaterra y  continuar con las negociaciones,   “derogar el feriado del 2 de abril y reemplazarlo por una recordación como la del 10 de junio. De esta manera, según ellos, al corrernos  de  la malhadada fecha  “daríamos un paso inicial en una dirección más promisoria” ¿Por qué el 10 de junio? Porque  evoca  la creación de la Comandancia de las islas en 1820. Entre los firmantes se encontraban  Henoch Aguiar, Sabrina Ajmechet, Marcelo Cavarozzi, Graciela Fernández Meijide, Alejandro Katz, Vicente Palermo, Luis Alberto Romero,  hay más, pero con los citados alcanza para comprender la índole de los impulsores.   En síntesis la idea sería recordar a Malvinas en  una fecha que diplomáticamente no tiene ninguna importancia, y militarmente menos,  para que los vencedores nos contemplen razonables y asequibles. Se puede ser razonable sin renunciar  al 2 de abril. Como decía  un pensador argentino ya fallecido:   No se puede entrar al futuro retrocediendo.

Años antes, en el siglo XIX  ocurrió algo parecido.   Estando Belgrano en Rosario, en febrero de 1812, enarboló la bandera hecha de los colores de la escarapela.  Informado el Primer Triunvirato  le envió una carta que Belgrano nunca recibió pues ya se había marchado al norte donde le ordenaban: “Haga pasar como un rasgo de entusiasmo el suceso de la bandera blanca y celeste enarbolada, ocultándola disimuladamente y sustituyéndola con la que se le envía que es la que hasta ahora se usa en nuestra fortaleza.” [4] La bandera enviada era la española. Bueno,  parecido a la sugerencia del Club Político Argentino, saquemos el feriado del 2 de abril, y hagamos como si no hubiera ocurrido.

Pasados diez años de aquel consejo, el Club Político volvió recargado.  En el 2022  Marcos Novaro redactó   lo que siempre pensaron y callaron durante años: “Lo mejor que nos pudo haber pasado en 1982 fue la derrota.”. Que es como festejar Huaqui, Vilcapugio o Cancha Rayada.

El amor al fracaso es el amor a la muerte. Es el mal. También se dijo en su momento  que lo mejor para el país hubiera sido   perder en las Invasiones  de 1806/07. Declaraciones lamentables de Sarmiento en Recuerdos de Provincia.  Siempre y a toda hora se dicen banalidades. No es novedoso,  el amor a la derrota también tiene  historia.

Reconocer como fecha patria  el 2 de abril no significa negarnos a las negociaciones diplomáticas, por el contrario se trata de negociar con altivez  no obstante haber sido derrotados. Plantear que  el país cambie la fecha de homenaje a nuestros derechos sobre las islas, tal cual lo establece la Constitución de 1994, es un retroceso espiritual inadmisible que nos ubica en un lugar de indefensión a la hora de negociar. Si nos hubiéramos quedado atados a Huaqui, Vilcapugio o Ayohuma  no hubiera habido Ayacucho.

Nos proponemos en el presente trabajo abordar desde una perspectiva más global aquellos años que nos llevaron a la guerra. Dejar de lado las zonceras sobre necesidades políticas inmediatas o personalidades atrapadas por la ambición o el vicio e intentar abrir el ángulo de observación. Entender aquella atmósfera mundial y nuestro rol en esos tiempos.

Los dirigentes clausurados en 1976 sintieron el cimbronazo,  y se dispusieron a actuar. Los que olieron sangre se prepararon para la derrota, y alzarse con el poder.  Otros, más esperanzados,  viajaron  a las Islas acompañando la jornada. Dos caminos que con el tiempo se abrirían más.  La guerra no se iba a ganar pero podría  habilitar  un acuerdo o negociaciones,  no pudo ser, ocurrió lo que ya  sabemos. [5] Un erróneo cálculo político no debiera hundirnos en la desesperanza. Creo.

El presente artículo, en todo caso, no es una reivindicación de la guerra que fue dada en pésimas condiciones, pero sí reconocer que hubo argentinos  jóvenes y no tan jóvenes,  soldados rasos y oficiales de alta graduación   que dieron sus vidas por una causa justa y ellos merecen nuestra consideración y respeto. No como soldados individuales de una patrulla perdida sino como guerreros del Ejército Argentino que a lo largo de su historia a veces ganó  y otras  perdió. Pero sigue en pie como una columna fundamental de la Patria y la nacionalidad.

Nadie es profeta en su tierra como nadie es profeta en su tiempo. Los años acomodan las ideas con el discurrir de la historia.

LA INDEPENDENCIA

La guerra contra España fue feroz y duró quince años. En momentos parecía  más a una guerra civil que de soberanía e independencia nacional. El general Manuel Belgrano le escribía al general  Pio Tristán, jefe de las fuerzas españolas, poco antes de la batalla de Tucumán: “espero se acabe esta maldita guerra civil con que nos destruimos”[6]

La maldita guerra abrió abismos entre nosotros. En un  primer momento entre españoles- peninsulares y españoles-americanos. Y luego en el mismo bando americano.

Hubo disidencias en torno a cómo actuar frente a los godos; hacerles la guerra o negociar comprando nuestra libertad. También desobediencias como las de Belgrano o San Martín; o intentos de coronar algún rey extranjero, cuando había sectores  que  privilegiaban formas republicanas de gobierno, asimilables a la de los EE.UU. o monarquías atemperadas como la de un Rey Inca. En fin, un sinnúmero de dificultades y disidencias tan graves que ocasionaron el olvido de   figuras centrales de aquellas guerras,  como San Martín, Belgrano, O’Higgins, Bolívar o Sucre, por citar solo algunos.

 

OLVIDOS QUE DESESPERAN

GUERRA O DIPLOMACIA

Luego del encuentro de Guayaquil, San Martín abandonó la lucha dejándola en manos de Bolívar. Al no recibir apoyo de Buenos Aires se apartó del camino.   Marchó a Mendoza con la intención de pasar el resto de su vida  en su chacra de Barriales.  Permaneció allí un año y asqueado por la inconducta de los porteños, que lo  rodearon  de espías, se trasladó a Buenos Aires. Las intrigas sobre su persona fueron insoportables.  Vino a la ciudad-puerto a encontrarse con su hija para abandonar el país rumbo a Europa. En una carta a su amigo Tomás Guido le dijo: “El año 23, cuando por ceder a las instancias que Remedios me hacía de venir a darle mi último adiós, resolví venir por mayo del mismo año a Buenos Aires, se apostaron partidas para prenderme como el mayor facineroso.” [7]

Dejó pasar unos meses para no caer preso como un bandido, ¡San Martín bandido! y una vez en la ciudad buscó a su hija y se marchó. Buenos Aires enmudeció, no se dio por enterada de la presencia del Libertador. ¡El militar de fama mundial pasó inadvertido aquellos días! Aunque el periódico el Argos hizo referencia a su estadía en la ciudad. El gobierno lo ignoró. Martín Rodríguez gobernador  y su Ministro Rivadavia estaban enfrentados a San Martin: “La divergencia que los separaba era política y esta misma divergencia no la había provocado el gran soldado sino aquel estadista que creyendo más poderosa la idea que la espada, olvidando que en esta caso la espada era la encarnación de la idea, buscaba solucionar el drama acudiendo a la diplomacia.”[8] Frente a decisiones fuertes como la guerra siempre las aguas se separan. Ayer como hoy. A propósito de estas observaciones el Contralmirante Busser la contestó a un periodista acerca de la preparación de un Ejército para la Guerra. “La pregunta que cabe hacer es si para defender la integridad territorial se debe tener un armamento superior y en caso contrario no luchar o si se debe luchar siempre independientemente de las armas disponibles. Si Liniers hubiera medido con el primer criterio las posibilidades de enfrentar a los británicos en 1806 y 1807 un hubiera recuperado ni defendido Buenos Aires: Si Belgrano hubiera hecho las mismas consideraciones antes de Tucumán y Salta no hubiera librado y venció en esas batallas. Si San martín hubiera comparado los efectivos del Ejército con el que fue al Perú con los efectivos de las tropas realistas que defendían ese virreinato tampoco hubiera liberado al Peru. Si Mansilla y sus hombres hubieran hecho la misma comparación en relación con la escuadra anglo-francesa no hubieran luchado en la Vuelta de Obligado.” [9]

San Martín tenía absolutamente claro su rol, decía de sí mismo en tercera persona: “El nombre del general San Martín ha sido más considerado por los enemigos de la independencia que por muchos de los americanos a quienes ha arrancado de las viles cadenas que arrastraban.” [10]

La guerra de la independencia no fue olvidada, pero sus jefes fueron ninguneados  que es una manera sutil de minimizar los hechos.

El tiempo, que se resiste a la ojeriza,  logró atemperar los odios y algunos años después San Martín fue reconocido como lo que fue, un gigante. Juan Manuel de Rosas hizo pública la carta que el libertador le enviara a raíz del bloqueo francés donde le ofrecía sus servicios personales condenando la inconducta de argentinos que se aliaban con el enemigo. Cuidadoso de sus pasos el Libertador había consultado, antes, sobre la justicia de la causa rosista. Aclarado el punto, envió la misiva. No era ningún ingenuo  porque al mismo tiempo que  ofrecía sus servicios profesionales de militar destacadísimo,  en carta a su amigo Gregorio Gómez  confesaba: “Es con verdadero sentimiento que veo el estado de nuestra desgraciada patria y lo peor de todo es que no veo una vislumbre de que mejore su suerte. Tu conoces mis sentimientos y por consiguiente yo no puedo aprobar la conducta del general Rosas cuando veo una persecución general contra los hombres más honrados de nuestro país; por otra parte, el asesinato del doctor Maza me convence que el gobierno de Buenos Aires no se apoya sino en la violencia. A pesar de esto yo no aprobaré jamás el que ningún hijo del país se una a una nación extranjera para humillar a su patria.” [11]      La autoridad moral de San Martín, era garantía de la justicia de la causa contra el poder extranjero y es interesante la anécdota puesto que el ofrecimiento de San Martín se lo hace a un gobierno con el que no comulga. En tal caso si era un tirano, como de hecho lo fue,  esto no le impidió a San Martín ofrecer sus servicios. Esta conducta y esta actitud es válida para todos los tiempos. También para la guerra de Malvinas.

El general Manuel Belgrano no se exilió como San Martín pero fue olvidado. Su muerte pasó de largo. Falleció en 1820, en Buenos Aires, en jornadas de severos conflictos políticos en los cuales el creador de la Bandera estaba envuelto.  La ciudad ya no recordaba su actuación en el Consulado, en  las Invasiones Inglesas, en la Revolución de Mayo, en la brillante idea de alzar una bandera que nos identificara y recortara de España  y en las gloriosas batallas de Salta y Tucumán que determinaron los actuales límites de la Argentina.  Sin pena ni gloria murió el 20 de junio de 1820. En su último viaje, de Tucumán a Buenos Aires, postrado e imposibilitado de caminar, solicitó ayuda pecuniaria a los gobernadores de Tucumán y de Córdoba, ¿y que pasó?   Se la negaron. En dos oportunidades se intentó abrirle un juicio por su actuación en Paraguay y por las derrotas de Vilcapugio y Ayohuma, como si se fuera menos patriota por haber perdido dos batallas.

Fue el general Bartolomé Mitre quien los recuperó del silencio al que estuvieron sometidos. Habían pasado más de cincuenta años.

¿Por qué esta introducción? Porque en la Guerra de Malvinas ocurrieron conductas parecidas. A diferencia de la independencia, donde criollos y españoles se entrecruzaban de un bando al otro,  en el Atlántico sur todo fue más claro, de un lado los ingleses y del otro nosotros.  Fue absolutamente nacional, sin embargo las opiniones fueron y son tan diferentes y encontradas  respecto de las razones de la guerra y las decisiones tomadas, que puede asimilarse a los desencuentros de la independencia. Por no hablar de ciertos políticos que conspiraron abiertamente contra el gobierno militar en el epicentro de la Guerra.  Con una diferencia sustancial, no se pudo juzgar a Belgrano por las derrotas de Vilcapugio y Ayohuma, como el gobierno central lo había ordenado,  entre otras cosas porque San Martín en desacuerdo, había manifestado “dejar las averiguaciones para tiempos más oportunos porque la reorganización del Ejército era precisa y urgente”. Sin embargo no pudo evitar que la ciudad de Buenos Aires fuera empapelada con carteles que exigían el enjuiciamiento del creador de la Bandera. En todos los tiempos hay injusticias.

La Junta de Gobierno que decidió la ocupación de las Malvinas no tuvo un San Martín que elevara la voz  solicitando tiempos más oportunos para su juzgamiento. Se convocó a una serie de militares  comandados por el general Rattembach, y los responsables de la Guerra fueron censurados por esta Comisión  y luego duramente condenados por la Fuerzas Armadas. Ya lo veremos. La desmalvinización comenzó en ese momento, a iniciativa de las FF.AA. que al igual que sectores políticos juzgaron una locura o una aventura irresponsable la ocupación de las Malvinas.

Bajo estos candiles  abordaremos el conflicto de Malvinas que no se cierra,   porque  las islas continúan en manos británicas. El artículo no pretende encender la llama de un nuevo conflicto bélico sino aproximarnos a aquellos años y procurar sin prejuicios ni velos ideológicos entender que cosas pasaron para que se desatara.  Desde ya avisamos que no compartimos la idea, repetida al infinito,  de responsabilizar por los hechos   a un general alcoholizado que había perdido la noción de la realidad,   o a la locura de un régimen que agonizaba y que para levantar su crédito social se lanzaba a la guerra. Quien busque esos argumentos debe alejarse de este texto inmediatamente.  No son esas repuestas las que tenemos para compartir. Lo demostraremos al tratar el Informe Franks, entre otras cuestiones.

Una última  reflexión. El lector debe considerar que cuarenta  y cuatro años después de aquellos hechos  el mundo no es el mismo, los valores y el corpus ideológico que alimentaron aquellos tiempos  han desaparecido; no la justicia del reclamo,  pero sí el entramado o el credo que dio soporte ideológico a la demanda.    Hoy es otro mundo, la Guerra Fría ha terminado. Triunfó occidente. Ganó el capitalismo democrático. La Argentina no es ajena a ese éxito, nos congratularnos por estar en el hemisferio de los que nos vencieron en Malvinas en 1982. ¡Que contradicción! A no desesperar, luchamos contra los pilares de occidente (EE.UU. e Inglaterra)  abrazando la causa de Malvinas,  sin apartarnos del derrotero cultural capitalista. Es que dentro del sistema el colonialismo es anacrónico.     Pero así es la historia, nunca se despliega de manera pura, clara, lo hace por caminos sibilinos e intrincados, se trata entonces de intentar entender su derrotero.

PARA TENER EN CUENTA

Combatimos al comunismo desde su triunfo en la Rusia Zarista en 1917 hasta su caída en 1989.  A veces con más ímpetu,  otras con menos.

Los momentos más álgidos de esta lucha fueron varios.  En 1919, en la Semana Trágica,  cuando el anarquismo ensoberbecido por el triunfo bolchevique se lanzó brutalmente a las calles. En la oportunidad el Ejército con el aval del Presidente Yrigoyen  terminó con los tumultos revolucionarios. A partir de 1947 y declarada la Guerra Fría todos los gobiernos que se sucedieron en el país  se acomodaron del lado de Occidente. El general Perón lo dijo claramente en 1951, cuatro años después de comenzada y a un año de la guerra de Corea: “Por razones políticas, ideológicas, geográficas y estratégicas, nosotros no podemos entrar a favor del comunismo. De modo que, descartado eso, nosotros ya determinamos en donde está nuestro centro de gravedad en la acción: en el frente occidental. Lo que se avecina va a ser una lucha entre el frente occidental y el oriental. Como nosotros estamos en uno de ellos, tenemos determinado allí el gran espacio donde vamos a actuar.” (Perón. Conducción Política. 1951) Aun con profundas tradiciones argentinas en el anticomunismo la Guerra de Malvinas alarmó a occidente. La izquierda mundial y latinoamericana  observó con cierta esperanza esta guerra.

 

[1] Ossona,J., Palermo, V., Romero L.A.: Malvinas. Una mirada diferente para dejar atrás el callejón sin salida. Clarín 7/6/2025

[2] La Nación: Editorial. 23 de diciembre de 2025.

[3] Segreti, Carlos: Bernardino Rivadavia. Ed. Planeta. Bs. As. 1999. P. 351

[4] Gimenez, Ovidio: Vida, época y obra de Manuel Belgrano. Ed. Academia Argentina de la Historia. Bs. As. 1999. P. 480

[5] El general Benjamín Menendez, gobernador de Malvinas afirmó en un reportaje: “La Junta Militar no esperaba un respuesta militar importante” Y en conversaciones que mantuvo previo a la ocupación con el general Vaquero este le dijo: “Creo que Gran Bretaña hace tiempo que no sabe que hacer con las Islas. A la vez está condicionada por la opinión pública y lobbies parlamentarios como por la Falkland Islands Company, así que la negociación posterior será difícil. Pero con nosotros ocupándolas, con el hecho consumado, se va a poder arreglar. Turolo Carlos (h) Malvinas testimonio de su gobernador. Bs. As. 1983. Ed. Sudamericana. P. 14

[6] Gregorio, Weimberg: Epistolario Belgraniano. M. Belgrano a Pio Tristán 26/4/1812. Ed. Taurus. Bs. As. 2001. P. 157.

[7] Patricia Pasquali: San Martín. Buenos Aires. Emece. P. 396

[8] Pacífico, Otero, José: Historia del Libertador Don José de San Martín. Bs As. 1945. Ed. Sopena T. 4. P. 105.

[9] González Daniel: Entrevista al Almirante Carlos Busser. Diario Alfil. Córdoba.

[10] Patricia Pasquali: Ob. Cit. P. 393.

[11] Patricia, Pasquali: Ob. Cit. P. 435