A comienzos de 1939, el gobierno de la agonizante República Española se encontraba ya bajo el control indisimulable de la URSS. A pesar de que entre sus integrantes, además del PC, subsistían socialistas y algunas figuras de la “izquierda burguesa”, no había duda de quienes mandaban eran los comisarios políticos del Ejército y las chekas de obediencia moscovita. A esa altura la capitalidad había recaído en Barcelona, tras haber abandonado el Gobierno primero Madrid y luego Valencia ante el avance de las tropas del bando nacional. Nos vienen a la mente estas memorias al observar la conducta actual del Gobierno ucraniano. Hace tiempo que los hombres de Kiev han intentado de diversos modos involucrar a muchos otros países en su defensa frente a la invasión rusa, pero este esfuerzo ha alcanzado rasgos frenéticos a partir de la elección presidencial de Donald Trump. Zelensky y los suyos advierten que sólo una guerra total de la OTAN contra Moscú podría, eventualmente, derrotar a Putin. Pero, a qué precio? En qué consistiría la realidad de una Ucrania así “salvada”? Ello sin aludir a las consecuencias para toda la humanidad de un conflicto en el que en cualquier momento pueden rebasarse los límites del armamento convencional, sea a través de armas nucleares tácticas como, aún, de las estratégicas. Barcelona 1939, Kiev 2024: paralelismos...