Fragmentos del artículo publicado por Claudia Peiró en Infobae
Por Claudia Peiró | 23/08/2026
La visita de Alberdi
Otro retrato del San Martín veterano es el que nos dejó Juan Bautista Alberdi, que lo conoció en París en septiembre de 1843, cuando el Libertador tenía 65 años. [Más tarde también lo visitaría Sarmiento]
Varias cosas impactaron al inspirador de nuestra Constitución al encontrarse con “la gran celebridad americana que tanto ansiaba conocer”.
En primer lugar, su aspecto físico. Alberdi dice: “Yo le creía un indio, como tantas veces me lo habían pintado, y no es más que un hombre de color moreno, de los temperamentos biliosos”. O sea, en Buenos Aires corría ya el rumor insidioso del origen extramatrimonial e indígena de San Martín. Cuando lo ve en persona, se da cuenta Alberdi de la mentira.
Sin embargo, doscientos años más tarde, a comienzos de este siglo, el indigenismo en boga llevó a algunos al absurdo de convertir el rumor en hipótesis sin más respaldo que los tantos infundios que los enemigos de San Martín echaron a correr desde su famosa desobediencia en 1819.
Siguen los desengaños de Alberdi: “Yo creía que su aspecto y porte debían tener algo de grave y solemne, pero le hallé vivo y fácil en sus ademanes, y su marcha, aunque grave, desnuda de todo viso de afectación”. También le llamó la atención la voz, “notablemente gruesa y varonil”, y que hablara San Martín “sin la menor afectación, con toda la llanura de un hombre común”.
Y hay más: “Yo había oído que su salud padecía mucho; pero quedé sorprendido al verle más joven y más ágil que todos cuantos generales he conocido de la guerra de nuestra independencia, sin excluir al general Alvear, el más joven de todos”. O sea, en términos de hoy, una longevidad más activa y saludable que la de muchos de sus pares, incluso militares como él.
Luego nos deja una imperdible descripción física de nuestro prócer máximo: “Su bonita y bien proporcionada cabeza, que no es grande, conserva todos sus cabellos, blancos hoy casi totalmente; no usa patilla ni bigote, a pesar que hoy lo llevan por moda hasta los más pacíficos ancianos. (…) Sus grandes cejas negras suben hacia el medio de la frente cada vez que se abren sus ojos, llenos aun del fuego de la juventud. La nariz es larga y aguileña; la boca pequeña ricamente dentada, es graciosa cuando sonríe; la barba es aguda”.
Alberdi nos deja también algunos detalles de la vida de San Martín, tras visitarlo en Grand-Bourg: “En su casa habla alternativamente el español y francés, y muchas veces mezcla palabras de los dos idiomas, lo que le hace decir con mucha gracia que llegará un día en que se verá privado de uno y otro o tendrá que hablar un patois [dialecto] de su propia invención”.
“He visitado su gabinete lleno de la sencillez y método de un filósofo —sigue describiendo—. Allí, en un ángulo de la habitación, descansaba impasible colgada al muro la gloriosa espada que cambió un día la faz de la América occidental. Tuve el placer de tocarla y verla a mi gusto”.
Tampoco Alberdi se engaña sobre lo sucedido en Guayaquil; lo resume en una breve frase: “Bolívar, demasiado celoso de su gloria personal, no quiso ceder a nadie la obra”.
“Al ver el modo como San Martín se considera a sí mismo, se diría que este hombre no había hecho nada de notable”, dice Alberdi. Y sobre esto concluye: “La última enseña que hay que agregar a un pecho sembrado de escudos de honor, capaz de deslumbrarlos a todos, es la modestia. He aquí la manía del general San Martín. Y digo la manía, porque lleva esta calidad más allá de lo conveniente a un hombre de su mérito”.
Contrasta esta actitud con otros actores contemporáneos, “hombres que no están contentos sino cuando se les ofusca con el incienso del aplauso por lo bueno que no han hecho”.
“No hay ejemplo (que nosotros sepamos) —agrega Alberdi— de que el general San Martín haya facilitado datos ni notas para servir a redacciones que hubieran podido serle muy honrosas; y difícilmente tendremos hombre público que haya sido solicitado más que él para darlas.”
