Presentación oral del libro: «Larrabure, Voces para el reencuentro»

Por Grl. Br. (R) Jose Luis Figueroa | 04/10/2026

1 Agradecimientos

Antes de comenzar, quiero expresar algunos agradecimientos y dedicar este libro a quienes son muy importantes para mí.

En primer lugar, a monseñor Santiago Olivera, obispo castrense y de las Fuerzas Federales de Seguridad, por impulsar, sin medir la dirección de los vientos, la causa del Siervo de Dios Argentino del Valle Larrabure, por hacer el prólogo  de este libro y por sostener, desde la fe y el diálogo, un mensaje orientado al reencuentro de los argentinos.

Al Papa Francisco. En la madrugada del 2 de octubre de 2010, durante la peregrinación a la Virgen de Luján, providencialmente me confesó en la basílica. Al decirle mi condición de militar, me expresó: “A Ud. no los dejan hablar”, y me animó a no resignarme al silencio forzado y a decir la verdad sin miedo. Aquellas palabras permanecen vivas en mí y en el espíritu de este libro.

Dedico esta obra a quienes perdieron la vida en la Argentina de los años setenta; a sus familiares; a Susana y Arturo Larrabure, Jorgelina Molina Plana, al Grl Gabriel Damico, al Padre Fernando Mignone, al Cnl Eduardo Cardozo  y a todos quienes abrieron sus recuerdos y compartieron el dolor, la intimidad y el testimonio de una vida que hoy ilumina a muchos argentinos.

También a quienes, después de tantos años, continúan sometidos a procesos o privados de la libertad como consecuencia de aquel tiempo trágico; y a quienes, sin olvidar y desde el anonimato, procuran aliviar sus penas.

A las cuarenta y ocho personas que sumaron su voz a estas páginas desde historias, profesiones, generaciones, creencias y posiciones diferentes. Gracias a ellas, este libro no es una voz aislada, sino una verdadera polifonía. Recuerdo especialmente a quienes contribuyeron a la obra y ya no están entre nosotros.

Un reconocimiento especial a mis compañeros del CMN: al subteniente Juan Domingo Baldini, muerto heroicamente en  Monte Longdon; al teniente Dámaso Soraide, a quien después de Malvinas enfermó y murió en el olvido; y al teniente coronel Alberto Miñones, quien perdió una pierna en Puerto Yapeyú y es un ejemplo de superación y patriotismo.

A mi tía María Isabel Figueroa, con la esperanza cierta de su reencuentro, en la Casa del Señor, con mi desaparecida prima Lila. Al coronel Abel Catuzzi por su colaboración en ordenar, corregir y convertir esta idea en un libro. A mis maestros: sacerdotes, civiles y militares. Y a mi familia:  mi esposa, a mi mamá, que me dio la fe, a mis hijos y mis nietos, razón última de este trabajo.

Al Diputado Nacional Federico Pelli, quien abrió las puertas de este lugar que por naturaleza debe ser una casa de encuentro mi profundo agradecimiento lleno de reconocimiento y placer. A todos gracias.

2 Apertura y propósito del libro

Señoras y señores:

Este libro no busca reabrir heridas ni imponer un relato. Busca dejar hablar a un hombre y, a través de él, abrir un camino.

Ese hombre es Argentino del Valle Larrabure: militar, ingeniero, docente, esposo, padre y hombre de fe. Permaneció secuestrado durante 372 días. En condiciones extremas escribió cartas, llevó un diario, rezó, pensó en su familia y se preparó para cualquier desenlace. En medio de la oscuridad dejó un mensaje extraordinario: pidió a sus hijos que no odiaran a nadie.

Pero este no es solamente un libro sobre Larrabure ni sobre los años setenta. Él es la primera voz, la que inspira y ordena la obra; el verdadero protagonista es el reencuentro profundo de los argentinos, para dejar de naturalizar la situación de decadencia que nos signa desde hace mucho tiempo.

El libro nació de una pregunta: ¿puede el testimonio de un hombre que sufrió, conservó la fe y fue capaz de perdonar ayudarnos a superar las divisiones que en permanente transformación atraviesan a la Argentina?

No podemos modificar el pasado ni debemos quedar prisioneros de él. Podemos comprenderlo con honestidad, aprender y evitar que sus odios y fracturas sigan condicionando a quienes no participaron de aquellos hechos.

3 Larrabure y la voz nacida en el cautiverio

La primera parte del libro presenta al hombre antes que al símbolo. Desde joven aparecen en Larrabure rasgos que luego se manifestarán en la prueba: disciplina, dominio de sí mismo, amor a la familia, capacidad profesional, espíritu de servicio y una autoridad fundada en el ejemplo.

Su grandeza se revela cuando le quitan casi todo: la libertad, la luz, el contacto con su familia, la seguridad sobre su destino y hasta el aire para respirar. Sin embargo, sus captores no consiguen quitarle su libertad interior.

Por eso, en el capítulo dedicado a sus cartas y a su diario, decidí que no hubiera intermediarios. Habla él. En septiembre de 1974 pide a sus hijos que continúen estudiando y agrega: “cualquiera sea el desenlace final, les pido también que no odien a nadie”. Más adelante insiste: “aun suceda lo peor, no deben odiar a nadie”. “Y si es necesario, poner la otra mejilla”.   No eran palabras para un libro, sino una súplica sincera dirigida a quienes más quería.

Larrabure no niega el mal, no renuncia a la verdad ni a la justicia. Impide que el odio de sus captores determine su conducta. En sus cartas aparece también el esposo, el padre, el jefe, el docente y el hombre que, aun encerrado, continúa ocupándose de los demás.

Cuando le propusieron poner sus conocimientos al servicio de la violencia, respondió: “a ese precio, no”. Esa frase nos recuerda que la libertad comienza en la conciencia.

De su vida emergen tres mensajes: el dolor no debe engendrar odio; existen límites que no se negocian; y la sangre inútilmente derramada debe conmover al pueblo, a dirigentes y dirigidos. La memoria debe abrir caminos, no clausurarlos. Ese es el corazón moral del libro.

4 Las otras voces y la búsqueda de la verdad.

Después de escuchar a Larrabure, el libro se abre a las demás voces. Hablan sus hijos y familiares, sus camaradas, superiores y subalternos. Muestran que su conducta en el cautiverio no fue una reacción improvisada, sino la culminación de una vida sostenida por convicciones profundas.

Pero también aparecen voces de lugares distintos y, en algunos casos, enfrentados:  antiguos combatientes: montoneros, soldados y oficiales y familiares de víctimas de esta guerra fratricida.

Están quienes sufrieron el asesinato de un padre, el secuestro y desaparición de una madre o de una hermana, la persecución, la prisión o el peso de una historia heredada.

No los reuní para neutralizar sus experiencias ni establecer una equivalencia mecánica de dolores y responsabilidades. Los reuní porque una Nación no puede sanar si decide que unas voces merecen ser escuchadas y otras deben quedar fuera de la memoria pública. Explicar no es justificar. Escuchar el dolor del otro no disminuye el propio: amplía nuestra humanidad.

También están las voces de la fe católica, judía e islámica; de la justicia; de las Fuerzas Armadas; del periodismo, la política, la cultura y la sociedad civil. Y junto a ellas, las de quienes hacen grande a la Patria silenciosamente: docentes, profesionales, trabajadores, empresarios y personas que sirven sin estridencias, tomando el mensaje del Siervo de Dios como ejemplo.

Cuando tantas personas diferentes reconocen la entereza, la fe, la dignidad, el rechazo al odio y la necesidad del encuentro, nos atropella una enseñanza que se impone por su propia fuerza. La verdad que necesitamos no será la victoria de un relato sobre otro. Será el fruto de un diálogo honesto, capaz de reconocer errores, horrores y decisiones equivocadas de todos los sectores, sin confundir responsabilidades ni utilizar el pasado como instrumento de poder. Una memoria selectiva puede servir a una facción, pero no puede reconciliar a una Nación. La memoria fecunda no borra ni obliga a olvidar: reconoce, comprende y abre un camino hacia una convivencia más justa.

5 Los intentos de reencuentro

El libro recupera los intentos de pacificación y encuentro que la Argentina ensayó en distintos momentos, no para idealizarlos, sino para recordar que la Argentina hizo uso de las herramientas legítimas de que disponía para cerrar la etapa de la violencia y procurar la reconstrucción de una convivencia común.

La pregunta es incómoda: ¿por qué fuimos capaces de avanzar hacia la pacificación y no logramos consolidarla en el alma y en la cultura de la Nación? La guerra terminó, pero el conflicto continuó en la política, la justicia, los medios, la educación y la memoria. Dejamos de enfrentarnos con armas, pero no siempre aprendimos a dejar de tratarnos como enemigos.

A comienzos del siglo XXI volvió a colocarse la confrontación en el centro de la construcción del poder. La división dejó de verse como un problema y se transformó muchas veces en un instrumento político. Así, una tragedia vivida por una generación proyectó su sombra sobre otras que no participaron de aquellos hechos. Un verdadero asalto a la Justicia.

Esto expresa una tendencia cultural argentina más profunda: creer que para afirmar lo propio debemos negar o destruir lo ajeno. Por eso, la finalidad última de la obra no es sólo histórica; es cultural y espiritual. Aspira a contribuir a cerrar en el alma argentina esa propensión al desencuentro.

Mi reconocimiento particular al Dr Raúl Alfonsin y Carlos Menem porque como hombres de Estado y tal vez alejados de sus propias historias y sentimientos, fueron capaces de dar la respuesta que la Nación necesitaba y encausar o reencausar la pacificación Nacional.

También mi reconocimiento al Tte Grl Brinzone y a  Rodolfo Galimberti, por sus esfuerzos conjuntos al iniciar el presente siglo por cerrar la herida de aquella época.

6 El reencuentro pendiente y las nuevas generaciones

La parte final del libro se titula El reencuentro pendiente y formula una pregunta: ¿Argentina,    puede?

Las nuevas generaciones, las que nacieron y vivieron después de los setenta no entienden ni justifican el enfrentamiento permanente. Tampoco el uso político de los hechos sin respetar la verdad

Sus miradas nos obligan a revisar las certezas, los silencios y los relatos que les entregamos.

Tenemos una responsabilidad decisiva: no  sembrar resentimientos, no educar para la revancha y no transmitir versiones mutiladas. Las nuevas generaciones merecen una historia completa que les permita discernir, aprender y construir algo mejor.

A ellas está dirigido uno de los mensajes centrales del libro: no acepten relatos incompletos ni odios. Busquen la verdad entera. Escuchen todas las voces. Aprendan a convivir con las discrepancias sin renunciar a los principios.

La historia no debe ser una usina de resentimientos. Debe ser una escuela de ciencia, patriotismo, discernimiento y responsabilidad. El mejor homenaje a quienes nos precedieron no consiste en repetir sus enfrentamientos, sino en aprender de sus errores y rescatar sus virtudes.

El reencuentro argentino no depende únicamente de una ley, de una sentencia o de una decisión política, aun cuando estas respuestas todavía deban concretarse y las esperamos. Todas ellas pueden contribuir, pero no bastan. Se necesita una tarea personal y colectiva. Cada argentino tiene algo que aportar. Ningún esfuerzo es insignificante. Ningún sector puede ser excluido.

Será necesario aprender nuevamente a mirarnos a los ojos; escuchar sin prejuzgar; reconocer la realidad del otro, pedir y dar perdón; y aceptar que ninguno de nosotros posee por sí solo la verdad.

La verdad plena pertenece a Dios. Los hombres sólo alcanzamos una parte. Reconocer esa distancia entre la verdad absoluta y aquella que podemos conocer no implica relativismo: nos obliga a la humildad, al diálogo, al consenso, al acuerdo y a la negociación.

También nos enseña a convivir con las diferencias y a prevenir y resolver los conflictos propios de toda relación humana. Hoy no existen enfrentamientos armados en nuestra sociedad, pero las redes y los medios de comunicación reflejan una crispación y una falta de paz que muchas veces nos impiden aproximarnos juntos y con honestidad a la verdad.

7 Respuesta final y cierre

Entonces, volvamos a la pregunta: ¿Argentina puede?

Mi respuesta es sí. Argentina puede.

Puede porque ninguna nación está condenada a vivir prisionera de sus divisiones. Porque hubo argentinos capaces de conservar la dignidad, servir, perdonar y tender puentes. Y porque, junto al ruido de la confrontación, existe una inmensa mayoría que trabaja, educa, cura, produce, cuida y sostiene silenciosamente a la comunidad.

Pero el reencuentro no es la meta final. Es el punto de partida de una Argentina posible: la condición para recuperar la confianza, acordar un rumbo nacional y sostenerlo más allá de los gobiernos y de las alternancias políticas. No se trata sólo de convivir con menos enfrentamientos. Se trata de recuperar la convicción de que pertenecemos a una misma Nación.

Larrabure no ofrece un programa político. Ofrece una referencia moral: la fortaleza consiste en perseverar; la libertad comienza en la conciencia; la verdad no necesita del odio; y la verdadera victoria no nace de derrotar al otro, sino de construir juntos.

Este libro no pretende tener la última palabra. Aspira a abrir una conversación.

Si ayuda a escuchar una voz antes ignorada, a reconocer un dolor ajeno, a buscar la verdad o a abandonar la lógica de la confrontación, habrá cumplido su propósito.

Ante la esperanza de la venida del Papa León XIV a la Argentina, quiero leer un párrafo de uno de los testimonios del libro, de un valiente ex integrante de las organizaciones políticas militares revolucionarias de los 70:

“VIVÍ, PARTICIPE Y SUFRÍ EN PRIMERA PERSONA LOS VAIVENES DE LA HISTORIA ARGENTINA, Y FUI PARTE DE LOS QUE IMPULSARON EL PROCESO DE AUTOCRÍTICA PARA LA RECONCILIACIÓN NACIONAL QUE LLEVO ADELANTE EL Dr CARLOS MENEM”.

“EL VERDADERO PERDÓN ES EL QUE NOS HACE MIRARNOS COMO HERMANOS EN UNA PATRIA DE TODOS. LA RECONCILIACIÓN NO PUEDE SER SELECTIVA: O ABARCA A TODOS O NO ES RECONCILIACIÓN”

Finalmente con la humildad de la mujer cananea que le bastaban las migajas y con su esperanza y fe concluimos con la frase del Papa SS León XIV  que hemos colocado en la contratapa del libro: “Perdonar no significa dejar que alguien siga haciendo daño ni olvidar como si nada hubiera pasado. Significa no dejar que el odio se convierta en dueño de nuestro corazón”.

Muchas gracias. Grl Br R José Luis Figueroa