Por Karina Mariani | 03/05/2026
Del 3 de enero al 29 de abril de 2026. En ese lapso, Trump reorganizó el tablero de poder global de una manera que ningún presidente americano había logrado en décadas, y lo hizo a una velocidad que impidió que el mundo procesara cada movimiento antes de que llegara el siguiente.
El 3 de enero, fuerzas especiales capturaron a Nicolás Maduro en Caracas. En los días siguientes, Washington anunció que controlaría las ventas de petróleo venezolano indefinidamente. Las mayores reservas probadas de crudo del mundo pasaron a orbitar el sistema americano. Venezuela e Irán operaban fuera del dólar, ambos alimentando a China. Uno cayó en enero.
El 28 de febrero, Estados Unidos e Israel lanzaron la guerra contra Irán. Hormuz se cerró. El segundo canal cayó. En paralelo, las alianzas del Golfo se reorganizaron. Los Emiratos Árabes Unidos se reposicionaron y la OPEP empieza a desintegrarse. Una OPEP débil es un mundo donde Washington tiene más influencia sobre el precio del petróleo. Si la guerra en Irán degrada la capacidad energética china mientras la de EEUU crece, la carrera por la superinteligencia cambia el tablero de enero. Rusia, estancada en Ucrania, Irán neutralizado y China que pierde su ventaja estructural. Los BRICS, que prometían un orden alternativo ven caer su relevancia en el mismo trimestre.
En 4 meses, Trump barajó y dio de nuevo ¿cómo lo hizo?
Desde antes del comienzo de la guerra contra Irán, el estrecho de Hormuz es un problema sin resolución a la vista. Las negociaciones en Pakistán están técnicamente muertas, lo propio de diálogos diplomáticos imposibles: lo que queda del régimen no sólo está fanatizado en extremo sino que llega fragmentado y enfrentado. Conclusión: no hay con quién hablar. Trump tiene “todas las cartas” y dice que si Irán quiere hablar “que nos llamen”.
Este es el contexto en el que los Emiratos Árabes Unidos anunciaron su salida de la OPEP, efectiva el viernes 1° de mayo. No es un contexto accidental. Es el escenario que hizo posible, conveniente y políticamente barato una decisión que Abu Dabi venía madurando desde hace años. Para entender por qué importa más allá de la coyuntura, hay que mirar tres cosas al mismo tiempo: el mapa de la infraestructura energética del Golfo (que la guerra reconfiguró de manera permanente), la lógica de fondo que hace que la OPEP ya no responda a los intereses de sus miembros más capaces, y la arquitectura financiera que Washington está construyendo silenciosamente alrededor de todo esto.
Hormuz no es sólo una ruta marítima, sino la salida al mar abierto para Kuwait, Bahréin, Qatar, y para la mayor parte de las exportaciones de Arabia Saudita, Iraq e Irán. En 2025 pasaban por allí 20 millones de barriles diarios de crudo y el equivalente al 20% del comercio mundial de gas natural licuado. Cuando comenzó el conflicto, el 28 de febrero, se cerró una arteria principal, y lo que quedó fue un sistema de rutas secundarias radicalmente insuficiente para absorber ese volumen.
Algunas monarquías del Golfo tiene cierta infraestructura alternativa, por ejemplo Arabia Saudita, los Emiratos, Iraq e Irán, y ninguna de esas alternativas es comparable a lo que perdieron.
Arabia Saudita tiene el Petroline, el oleoducto Este-Oeste que une sus campos petroleros del este con la terminal de Yanbu en el Mar Rojo. Fue construido en los años 80 precisamente para este escenario, durante la guerra entre Irán e Iraq.
Los Emiratos tienen el oleoducto ADCOP, que va desde los campos de Habshan hasta la terminal de Fujairah en el Golfo de Omán, eludiendo el estrecho. Es el activo logístico más limpio del Golfo en este momento: capacidad de aproximadamente 1,5 millones de barriles diarios, ruta directa al Océano Índico, sin pasar por zonas de combate naval. Es pequeño comparado con la producción total emiratí, pero suficiente para sostener exportaciones mientras Hormuz permanezca cerrado, y suficiente para ofrecer a los compradores asiáticos lo que más necesitan ahora: certeza de entrega. Cuando los Emiratos hablan de aumentar producción tras salir de la OPEP, están hablando de este oleoducto como columna vertebral de su estrategia de corto plazo.
Iraq es el caso más dramático. Exportaba 3,4 millones de barriles diarios por las terminales marítimas del sur, Basra y Khor al-Amaya, que dependen de Hormuz. Cuando el estrecho se cerró, la producción iraquí colapsó. Su única alternativa real es el oleoducto Kirkuk-Ceyhan, que une el norte de Iraq con el puerto mediterráneo turco de Ceyhan. En la realidad, llevaba más de una década en conflicto entre Bagdad y el Gobierno Regional del Kurdistán por disputas legales y financieras, fue saboteado repetidamente entre 2003 y 2014 y prácticamente no operó entre 2023 y principios de 2026. Cuando Hormuz se cerró, Iraq lo reactivó de emergencia: está operando a porcentaje con perspectiva de crecer con mejoras en el mejor de los escenarios. El déficit frente a lo que exportaba antes es abismal. Iraq está discutiendo además construir un nuevo oleoducto hacia el puerto sirio de Banias.
Irán también tiene salida alternativa en papel: el oleoducto Goreh-Jask, inaugurado en 2021, que va desde Bushehr hasta la terminal de Jask en el Golfo de Omán. Con una capacidad teórica que no se condice con lo operado debido a las sanciones.
El gas es peor aún. No hay rutas alternativas funcionales para el GNL de Qatar, que representa casi el 20% del comercio mundial de gas licuado. Construir nuevos gasoductos transcontinentales requiere negociaciones políticas en países atravesados por conflictos. El único proveedor de GNL a escala que puede aumentar oferta de forma inmediata es Estados Unidos — y eso, como veremos, no es accidental.
Conclusión: dos meses de guerra han demostrado que la infraestructura alternativa del Golfo no es lo sólida que se pensaba. La historia de las crisis energéticas muestra que siempre se encuentran soluciones, pero lo cierto es que no hay vuelta al mundo anterior al 28 de febrero.
El timing de los Emiratos
La decisión emiratí de abandonar la OPEP no nació con la guerra. Nació de una contradicción estructural que llevaba al menos años haciéndose insostenible, y que la guerra finalmente hizo barato de resolver.
Arabia Saudita y los Emiratos son (¿eran?), en la superficie, socios estratégicos. En la práctica, son dos modelos de Estado petrolero con intereses fundamentalmente incompatibles. Arabia Saudita necesita el barril caro y por eso la OPEP bajo liderazgo saudí siempre fue un mecanismo de escasez administrada para sostener el piso del precio.
Los Emiratos tienen otro problema. Han invertido decenas de miles de millones en ampliar su capacidad de producción pero las cuotas de la OPEP los obligaban a producir menos, dejando el resto de la maquinaria depreciando sin generar ingresos. Cada barril no exportado por respetar la cuota era un subsidio implícito al equilibrio presupuestario saudí.
Pero la tensión de cuotas es solo la capa superficial. La más profunda tiene que ver con el tiempo. Los Emiratos creen, con razones sólidas, que el horizonte del petróleo como commodity dominante está contrayéndose. La Agencia Internacional de Energía proyecta que la demanda global podría alcanzar su pico antes de 2030. En ese escenario, la estrategia racional para EAU no es restringir producción para sostener precios colectivos. Al revés, es acelerar: convertir reservas en flujo de caja ahora. La OPEP, en ese contexto, no es un mecanismo de coordinación inteligente. Es un freno.
Lo que faltaba para actuar era el paraguas político. Salir de la OPEP en tiempos normales hubiera implicado tensión abierta con Riad, quedar expuesto geopolíticamente y absorber la narrativa de traición al bloque árabe-productor. La guerra deshizo esos tres frenos en cuestión de días.
La coordinación con Riad en Yemen terminó en hostilidad abierta. Arabia Saudita bombardeó el puerto de Mukalla a fin del año pasado, respaldó la expulsión de las fuerzas emiratíes de Yemen y condujo la contraofensiva que liquidó el Consejo de Transición del Sur en enero. Dos aliados históricos se cruzaban acusaciones públicas en un lenguaje sin precedentes. La alianza, en los hechos, ya no existía antes de que los Emiratos anunciaran nada.
El paraguas de seguridad saudí mostró sus límites cuando los misiles iraníes empezaron a caer sobre territorio emiratí. Las baterías antimisiles que defendieron Abu Dabi eran operadas por personal israelí. Si la seguridad emiratí dependía de Washington e Israel, la obligación de moderar la política energética en nombre de la solidaridad del Golfo carecía de contrapartida real. El consejero emiratí Anwar Gargash lo dijo en público el lunes, horas antes del anuncio de la OPEP: el CCG fue “históricamente débil” durante la guerra. No fue una queja. Fue una explicación.
Y Washington ofreció el sustituto. Días antes del anuncio, Bessent defendía ante el Senado una línea de intercambio de dólares con Abu Dabi. Rubio habló con el canciller emiratí Abdullah bin Zayed el 26 de abril. Trump respaldó el acercamiento. Los Emiratos salieron cubiertos: con nuevo marco de seguridad, con el oleoducto Habshan-Fujairah listo para exportar a Asia sin tocar el estrecho, y con la legitimidad de haber sido atacados por Irán mientras sus vecinos miraban.
La arquitectura de Bessent
Mientras la salida emiratí de la OPEP acaparaba titulares, el Tesoro de Estados Unidos estaba articulando algo que no había dicho con tanta claridad desde hace décadas: el dólar no es sólo una moneda de reserva. Es una plataforma bilateral de poder, y Washington está reconstruyendo esa plataforma bajo reglas propias.
Los hechos concretos: el 22 de abril, Bessent declaró ante el Senado que “muchos” aliados del Golfo y Asia han solicitado líneas de intercambio de dólares. El 24 de abril, publicó en X que extender swap lines permanentes puede ser “un primer paso importante para crear nuevos centros de financiamiento en dólares en el Golfo y Asia”. Trump respaldó la idea. Los Emiratos, que habían deslizado que podrían empezar a cobrar algunas transacciones petroleras en yuanes si la liquidez en dólares se apretaba, recibieron la señal y la cerraron. La swap line no es un salvavidas financiero, los EAU tienen 300.000 millones de dólares en reservas y más de dos billones en fondos soberanos, no necesitan el dinero. Parece más bien una prueba de membresía en el sistema financiero y de seguridad americano, en términos explícitos y bilaterales en lugar de los implícitos y multilaterales del viejo orden.
El viejo sistema petrodólar, que funcionó desde 1974 hasta su erosión reciente, era implícito y colectivo: los estados del Golfo fijaban el petróleo en dólares, reciclaban los excedentes en bonos del Tesoro, y el paraguas de seguridad americano era el beneficio asumido. El nuevo sistema que Bessent está articulando es explícito y bilateral. Cada swap line es una negociación donde Washington fija las condiciones. Cada país que firma refuerza la dominancia del dólar y debilita el argumento de las alternativas. El FMI, con sus condicionalidades colectivas y sus procesos de gobernanza multilateral, queda como intermediario innecesario en esa arquitectura. Los países que necesitan respaldo en dólares van ahora directamente a Washington.
Hay que ser precisos sobre los límites reales de esto. El ESF, el fondo del Tesoro que Bessent puede usar sin aprobación de la Fed, tiene capacidad limitada comparada con las líneas ilimitadas que puede ofrecer la Reserva Federal. La Fed, cuyo directorio tendría que aprobar las swap lines, no ha sido consultada formalmente.
Bessent no está describiendo un mecanismo de emergencia sino una arquitectura: un mundo donde el acceso al dólar es un privilegio que Washington administra bilateralmente, donde los aliados energéticos y de seguridad son también aliados financieros, y donde las instituciones multilaterales que diluyen ese apalancamiento tienen menos relevancia. Si eso es el mapa que se está dibujando, el sueño chino del petroyuan enfrenta un problema estructural: el yuan no puede ofrecer lo que el dólar ofrece.
La ira iraní
La salida emiratí generó una reacción inmediata de Teherán. Legisladores iraníes en la Comisión de Seguridad Nacional acusaron a los EAU de coordinarse con Washington para asestar otro golpe al régimen. Comandantes de la Guardia Revolucionaria lanzaron nuevas y absurdas amenazas advirtiendo que tienen “cartas ganadoras que aún no han usado”.
La ironía es densa. Irán lleva días con Hormuz cerrado, negociaciones trabadas, su economía colapsada y su liderazgo enfrentado y paralizado. En ese contexto, amenazar a los Emiratos es el reflejo de un actor que perdió el control de la narrativa. Lo que hace que las amenazas iraníes sean más que ruido es lo que ya ocurrió durante la guerra. Los Emiratos recibieron miles de proyectiles iraníes durante el conflicto, más que cualquier otro país de la región incluyendo Israel. No es una abstracción. Es la razón por la que hoy hay Iron Dome operado por personal israelí en suelo emiratí y por la que Abu Dabi llegó a la conclusión de que la seguridad real viene de Washington y Tel Aviv.
Pero la salida de la OPEP no es solo un movimiento económico y geopolítico. Es también un instrumento de presión sobre Irán en el plano que más le duele: los ingresos petroleros. Los Emiratos, libres de cuotas, van a poder inundar el mercado cuando Hormuz vuelva a abrirse. Más barriles emiratíes a precio competitivo significa menor precio global del crudo. Y el presupuesto iraní, ya devastado por dos meses de guerra y sanciones, depende de los ingresos del petróleo para cualquier escenario de recuperación. Abu Dabi no necesita disparar un misil para presionar a Teherán. Si los EAU fueran un actor irrelevante, Irán no reaccionaría. Si la jugada emiratí no les doliera, no la mencionarían.
¿Fue o no magia?
Lo que ocurrió esta semana no es un episodio de turbulencia geopolítica que se va a estabilizar cuando Hormuz vuelva a abrirse. Es un cambio de paradigma profundo que afecta a tres transiciones simultáneas: la energética, la del sistema monetario internacional, y la reconfiguración de las alianzas del Golfo.
En el plano energético, la OPEP fue diseñada para un mundo de escasez. Los productores están entrando en un mundo de abundancia relativa y demanda que puede empezar a declinar antes de lo que la mayoría quiere admitir. Cada productor atiende su juego. Arabia Saudita juega la de la influencia regional. Los Emiratos juegan la del volumen y la alianza con Washington, incompatible con un cartel que comienza a perder el sentido. Hoy los miembros de OPEP juran lealtad al cartel, pero si Abu Dabi sale bien, pronto se preguntarán, ¿por qué nosotros no?
Da lo mismo si esto fue un plan maestro diseñado desde el primer día por Trump o si simplemente supo aprovechar cada oportunidad a medida que aparecía. La intención no cambia el resultado. En cuatro meses, el mapa energético global se volvió norteamericano de una manera que no lo era desde los años 70 y en algunos aspectos, de una manera que nunca lo había sido.
El mundo que emerge de estos cuatro meses no es el que existía el 2 de enero. Y el que va a existir cuando Hormuz vuelva a la normalidad tampoco va a ser el de antes. Lo cierto es que las cartas están echadas. Y están en manos de Trump.
