Por Gustavo E. Barbarán | 18/10/2026
En un 6% del planeta convivimos 8.000 millones de terráqueos, confirmados por la ONU el 15 de noviembre 2022. El Fondo de Población de Naciones Unidas avisó: 1- el crecimiento poblacional se concentra en países del África subsahariana; 2- después de la pandemia 2020, la esperanza global de vida aumentó a 73,3 años en 2024 (77,3 para 2054); 3- el mayor nivel poblacional se alcanzaría hacia 2080 –circa 10.400 millones- pero con tendencia a bajar; 4- China, Japón y Rusia tendrán pérdida absoluta de población hacia 2060; 5- la inmigración será principal factor de poblamiento en decenas de países (Australia, Canadá y Estados Unidos, por caso); 6- hacia 2030 el 60% de personas residirá en ciudades ubicadas a no más de 100 km de las costas (https://www. un.org/es/global-issues/population).
Luces de alarmas hay encendidas debido a la drástica disminución, en una década, de la tasa de fecundidad y de natalidad en el mundo, situación que en verdad merece más atención que el Estrecho de Ormuz.
Argentina vacía
Recordemos: 8ª extensión territorial mundial (2.780.400 km² continentales más 1.461.597 km² del Sector Antártico), escasa población relacionada al tamaño (posición 31ª mundial, 46.044.703 habitantes Censo 2022), y pésima distribución (casi 1/3 de población concentrada en 13.786 km² del AMBA); como dato singular, una Patagonia desierta de 930.638 km² con solo 2.257.161 habitantes (densidad 1,47 h/km²), distribuidos en las seis provincias de la región. En “El apático regionalismo argentino”, Foro Patriótico – 04/05/2025, incluí un cuadro comparativo con datos del desequilibrio entre las cuatro regiones “formales” argentinas.
En mayo de 2025, el Observatorio del Desarrollo Humano de la Universidad Austral presentó el informe «Estructuras familiares y cambios sociales. Una mirada de la realidad argentina», preparado por un equipo dirigido por la Dra. Lorena Bolzon, con impacto social impensado. (https://www.austral.edu.ar/wp-content/uploads/2025/07/Poblacion-LATAM-2025-REDIFAM-ODHV-v6. pdf).
El dosier indica que la natalidad en Argentina cayó un 40% desde el año 2014 y la fecundidad descendiendo a 1,4 hijos por mujer (1,7 a principios de este siglo; 2,1 garantiza remplazo generacional). Detectó, además, que un 57% de hogares sin miembros menores de 18 años (contra 44% en 1991) y el aumento del número de hogares unipersonales (13% en 1991, 25% en 2022). Otros datos significativos evidenciados: en casi la mitad de hogares la mujer encabeza la familia y un 52% de menores de 14 años en situación de pobreza. El abrupto descenso abarca a la Argentina entera y a todos los estratos socioeconómicos.
Ante la gravedad del descenso en el nivel ocurrido, el informe presentó conclusiones: 1- la disminución de la fecundidad se acentúa en zonas urbanas y crece al mejorar el estrato social y nivel educativo; 2- se redujo el tamaño de los hogares; 3- el descenso de la natalidad y cantidad de hijos es multicausal, pero inciden principalmente cuestiones económicas según la población económicamente activa; 4- los ciclos económicos influyen en las decisiones procreativas; 5- “En contextos de inestabilidad económica y deterioro del empleo, las familias tienden a postergar o reducir la decisión de tener hijos”.
A partir de esa publicación se sucedieron más informes, notas periodísticas y mesas redondas, sobre un asunto que la sociedad argentina parecía recién descubrir, pero no atina a encarar. Desconozco las reacciones gubernamentales de cualquier nivel, quizás por carencia de visión geopolítica para encarar la problemática obviando a Malthus y a neo-malthusianos.
Lo mejor que pueda pasar…
Rafael Rofman y Carola della Paolera son autores del libro La Revolución Demográfica. Por qué el descenso de la natalidad puede ser la gran oportunidad del siglo XXI (Planeta. Buenos Aires, 2026), un libro de casi 300 páginas, ágil lectura, didáctico, con profusas citas bibliográficas y gráficos. En él apuntan a que la política acompañe el proceso de transición demográfica en Argentina, porque aumentó la esperanza de vida y por tanto tenemos mejores oportunidades de vida.
Destaco su capítulo 4, “¿Qué pasó en la Argentina? Una demografía muy poco ortodoxa”, revelador de las variadas razones de nuestra histórica escasa población y las propuestas poblacionistas que personalidades y gobiernos sucesivos intentaron sin resultado (B. Rivadavia, J.B. Alberdi, la Ley Avellaneda). También clarifica el capítulo 5, “La revolución silenciosa: la fecundidad argentina desde 2015”, donde explican por qué bajó tanto y en tan poco tiempo acá y en el mundo. Si traer hijos al mundo depende de factores biológicos y comportamientos sociales, los autores especulan probabilidades, desde la postergación de la maternidad a los condicionamientos económicos, deterioro de vínculos sociales, todos factores incidiendo en el descenso poblacional.
Asumo que los aspectos culturales -tal como se dieron a partir del último tercio del siglo pasado- aportan respuestas al fenómeno, expresándolos en leyes concretas con efecto cascada en numerosos países. Entre esa normativa (Rofman, 2026:124), en Argentina y por orden de aparición, están el Programa Nacional de Salud Sexual y Procreación Responsable (2002); la Ley de Educación Sexual Integral y la Ley de Contracepción Quirúrgica (2006); el plan ENIA de prevención de embarazos adolescentes (2018); la distribución de implantes anticonceptivos incorporados en 2019 al Programa Médico Obligatorio; la Ley de Interrupción Voluntaria del Embarazo (2020).
Los resultados de esa implementación legal, con más sombras que luces, sonoros apoyos y rechazos, abrieron la peor grieta social de la Argentina: un triunfo del progresismo que acompañó la metamorfosis de las izquierdas, que en los ’70 denostaban el control de natalidad como expresión siniestra del imperialismo (McNamara y el Banco Mundial), para adherir “al enfoque de derechos” -planificación familiar, salud reproductiva-, apuntándole al neoliberalismo como enemigo universal.
Aquel combo legislativo agudizó la situación por su sustrato ideológico, generando la reacción del gobierno libertario mediante una batalla cultural mal planteada y peor ejecutada. Paradójicamente, en el actual contexto, el antinatalismo y el feminismo radical están fuera de época, carentes de propuestas para revertir o mitigar las consecuencias del despoblamiento.
Tener o no hijos depende de factores biológicos y comportamientos sociales, en los que incide la idiosincrasia de cada país o región: “[…] el cambio demográfico es el resultado de la población tomando decisiones en forma autónoma sobre su fecundidad”, sostienen Rofman y della Paolera (2026:143). Entonces, dicen, el debate no debiera centrarse tanto en modificar decisiones personales cuanto repensar normas e instituciones sociales para adaptarlas a la nueva realidad de “una población que inevitablemente irá envejeciendo”. Y el envejecimiento es hecho consumado, no tiene retorno.
No hay en el libro referencias específicas a la implicancia geopolítica, salvo breve referencia en el cap. 8 al analizar la segunda vertiente del poblacionismo. Seguramente no estaría en el plan de obra concebido por ambos expertos, aunque para mi gusto hubiera sido conveniente una ventana abierta para debates posteriores con esa percepción.
Los autores, en suma, fijan posición mediante seis consejos/“mensajes”: 1- La demografía siempre gana y es una herramienta de planificación infalible; 2- El envejecimiento es el mayor éxito de la humanidad, no una catástrofe; 3- Las “políticas de población” rara vez son efectivas; 4- La clave es “hacernos ricos antes de hacernos viejos”; 5- Menos niños es una oportunidad para priorizar la calidad educativa; 6- Las políticas y las instituciones públicas deben adaptarse a la nueva realidad demográfica de la postransición.
Demografía y geopolítica
Reflexionar sobre demografía (“ciencia de las alarmas”, subestimada demasiado tiempo) y política demográfica -o poblacional- requiere un encuadre geopolítico por su vínculo con dos componentes sustanciales del Estado: territorio y población, bases incuestionables de su viabilidad histórica. De allí el principio de integridad territorial, consagrado en el art. 2.4. de la Carta de Naciones Unidas, resguardo contra cualquier acción externa que pretenda alterar la unidad física de los países miembros, reconociéndoles el control integral de sus espacios terrestres, marítimos y aéreos.
La conciencia territorial requiere conciencia geográfica, esto es conocimiento cabal de la geografía nacional. Por ende, debe necesariamente complementarse con una política poblacional, igualmente atributo soberano.
Hans Morgentau, representante mayor de la teoría realista del poder, dedicó cincuenta páginas para analizar los elementos del poder nacional en el capítulo 9 de su clásico Política entre las naciones. Entre los nuestros, Adolfo Koutoudjian y Malena Reyes, en la Parte 3 –“Importancia estratégica del componente poblacional”- de Geopolítica argentina (Eudeba. Buenos Aires, 2020), realizan un sustancioso análisis de la situación demográfica mundial y nacional. Y como ellos, tantos más de todas partes.
Los desbalances poblacionales se relacionan con la evolución de tres elementos: natalidad, mortalidad y circulación migratoria, cuya movilidad incide en la demografía. Cuando ocurre para abajo, los gobiernos debieran reaccionar con medidas que mitiguen los efectos nocivos del envejecimiento social. La transición demográfica no solo se resuelve mediante “políticas públicas” para abordar aspectos coyunturales con reasignaciones presupuestarias en materia de salud, educación y seguridad social, sino con políticas de estado, cualitativamente distintas porque apuntan al mediano y largo plazos.
La población -principal recurso tangible del poder nacional- constituye una variable de magnitud. Pablo Berarducci, en “Población, geopolítica y futuro de la Argentina” (21/09/2026 en https:// asociacionoikos.org.ar/revista-digital/poblacion-geopolitica-y-futuro-de-la-argentina/) entiende también que un país territorialmente extenso y demográficamente vacío “padece una fragilidad geopolítica estructural”; por tanto, la dinámica poblacional tendría que articularse en cuatro dimensiones: volumen poblacional, estructura etaria, distribución sobre el espacio y corrientes migratorias. Cualquier intento de revertir la tendencia a la baja debe considerarlas, pues los resultados se advierten recién a largo plazo, cuando generalmente ya es tarde.
Lo comprueban los procesos de envejecimiento en Rusia, China, Japón y Corea, por mencionar cuatro actores de grandes ligas. En la puja por el control mundial, tamaño y estructura poblacional son recursos nacionales decisivos a la hora de negociar el nuevo equilibrio de poderes del mundo multipolar.
A modo de cierre
Ciertamente, más que explicar científicamente por qué caen fecundidad y natalidad, importa recuperarlas, asumiendo que dichas pérdidas afectan el superior interés nacional. Salvo que se descrea de este concepto.
Claudia Peiró, en “La política pro-vida de Perón en 1974, olvidada por sus seguidores” (Infobae, https://www.infobae.com/sociedad/2018/03/03/la-politica-pro-vida-de-peron-en-1974-olvida da-por-sus-seguidores/), recuerda que el ex presidente advirtió el fenómeno dejando constancia en el Plan Trienal de diciembre 1973: «Nuestro bajo crecimiento demográfico se debe a la constante declinación de la natalidad. […] Si bien esta tendencia cultural es difícilmente reversible, puede moderarse en su intensidad mediante una política de protección a la familia, por la cual el tener hijos no sea económicamente gravoso». También le preocupó el desequilibrio poblacional entre el Gran Buenos Aires (hoy AMBA) y las provincias debido al diferente nivel de desarrollo, planteándose frenar la tendencia de natalidad declinante con acciones de largo plazo a cargo de una Comisión Nacional de Política Demográfica. Los 50 millones de argentinos para el año 2000 quedaron casi como ironía del destino. [Arturo Frondizi había fijado posición al respecto en El Movimiento Nacional, fundamentos de su estrategia, Capítulo II ap. 9 “Control de la natalidad vs. desarrollo”. Ed. Losada. Buenos Aires, 1975].
Años después, el Papa Francisco expresó ante el Foro de Asociaciones Familiares de Italia (en https://www.vaticannews.va/es/papa/news/2022-12/papa-hay-que-reaccionar-ante-el-grave-invierno-demografico.html): “Lo he dicho, pero quiero repetirlo: estamos viviendo un grave invierno demográfico y debemos reaccionar con ello, con toda nuestra fuerza, con nuestro trabajo, con nuestras ideas para convencer”. Esa cruda metáfora está perfectamente explicada en los numerales 41/46 de su Exhortación Apostólica Amoris laetitia (18/03/2016), de ineludible lectura.
Así, a los argumentos anclados en “adaptémonos a la nueva realidad demográfica”, contrapongamos una pregunta esencial: “¿Qué nos hace más Nación?”. Solo habrá solución con una política demográfica meditada, debatida y acordada de abajo hacia arriba como todo proyecto perdurable, si no para aumentar la población al menos evitar más declive. Lo propio en materia educativa, debido al también alarmante descenso de nivel que se da en paralelo.
En este tiempo es imprescindible que la Nación y las Provincias pongan al tope de sus agendas las consecuencias del descenso abrupto de fecundidad y natalidad; lo que suceda en el resto del mundo será cuestión de los respectivos gobiernos. Recuérdese que históricamente los espacios vacíos siempre se ocuparon de un modo u otro y también que debemos evitar nos “organicen” migraciones externas a cambio de inversiones.
Aflige que nos estemos vaciando de gente con tanto descuido, condenando a nuestras estirpes a cien años de soledad (cuatro generaciones, cuanto menos). Ya se sabe que, si eso ocurriera, no habrá una segunda oportunidad sobre la tierra.
