Un estado aún más profundo y el «Iluminismo Oscuro»

Por Alexander Dugin | 31/05/2026

Alexander Dugin argumenta que el ascenso de Trump representa un cambio ideológico más profundo e impulsado por la tecnología destinado a acelerar la humanidad hacia la singularidad mediante el desmantelamiento del globalismo liberal a través de una poderosa alianza entre las fuerzas populistas y tecnológicas de la derecha.

Analizar cómo Donald Trump logró ascender al poder en los Estados Unidos e iniciar una revolución genuina contra el curso de décadas de globalismo liberal plantea muchas preguntas serias, especialmente cuando se considera el factor del estado profundo. De hecho, los trumpistas han declarado la guerra directa contra este estado profundo, lo han lanzado y ya han logrado varias victorias significativas, como lo es por sí mismo el cierre de USAID.

Los trumpistas tienen una definición muy clara del «estado profundo». Es una élite gobernante que se adhiere a la ideología liberal-democrática (tanto de izquierda como neoconservadora), profundamente arraigada en el gobierno de los Estados Unidos y apoyada por oligarquías financieras, militares y de alta tecnología, con sus redes que impregnan las agencias de inteligencia. Esta élite ha vinculado el destino de Estados Unidos y de todo Occidente al globalismo, la unipolaridad y la difusión planetaria de la ideología woke, que incluye la legalización de las perversiones, la mezcla étnica forzada mediante la promoción de la migración masiva y el debilitamiento de los estados-nación soberanos.

Trump propone una ideología diametralmente opuesta: la ideología MAGA. Se basa en principios fundamentalmente opuestos: valores tradicionales, una comprensión normal de la distribución de género (solo hay hombres y mujeres), protección a los pueblos frente la migración masiva, especialmente la inmigración ilegal, fortalecimiento la soberanía, preservar los estados-nación y reconocer un mundo multipolar (al que Trump se refiere como la «Gran Orden de Poder»).

Lo que vemos es una revolución ideológica e incluso geopolítica, dadas las consecuencias que tal cambio de paradigma tiene para la política internacional. Implica volver a barajar las cartas y redefinir los roles de amigo y enemigo tanto dentro de la política interna de los Estados Unidos como a nivel internacional. Trump esbozó todo esto con claridad durante su campaña electoral (totalmente en línea con el «Proyecto 2025», del que se distanció formalmente, pero que, como observamos, está entrando rápidamente en vigor). Inmediatamente después de su toma de posesión, comenzó a implementar estos planes nombrando partidarios comprometidos para puestos clave dentro de su nueva administración, otorgándoles poderes extraordinarios (JD Vance, Elon Musk, Pete Hegseth, Tulsi Gabbard, Kash Patel, Robert Kennedy Jr., Pam Bondi, Karoline Leavitt y otros). Finalmente, en su discurso a ambas cámaras del Congreso el 3 de marzo, Trump cristalizó su programa, resumiendo todas las tesis básicas en un solo documento, que ahora sirve como hoja de ruta para su Revolución Conservadora.

En esencia, el estado profundo ha sido objeto de una destrucción completa. Trump ha establecido un rumbo que apunta explícitamente a su eliminación.

Pero ya antes de eso, cuando yo analizaba el fenómeno de la revolución de Trump, un tema al que dediqué mi último libro, propuse la hipótesis de que Trump nunca habría podido implementar tales cambios radicales o incluso ser elegido y sobrevivir hasta la toma de posesión si no hubiera recibido un apoyo excepcional de entidades poderosas dentro del propio estado profundo. Durante décadas de poder indiscutible, los globalistas lograron una influencia tan extensa en los Estados Unidos y en todo el mundo que ejercieron un control total sobre la política, la economía, los medios de comunicación, la diplomacia, la cultura y las artes. La ambiciosa iniciativa de Trump de poner fin a todo esto a la vez, a pesar del apoyo significativo de las masas estadounidenses horrorizadas por las políticas de los globalistas liberales que transformaron a los Estados Unidos en un bizarro espectáculo ruinoso, no podría haber tenido éxito a menos que en un nivel más profundo se hubiera tomado una decisión fundamental y abrupta.

Sin embargo, aquí surge una paradoja. ¿Cómo podría el estado profundo tener luz verde para su propia destrucción? Por supuesto, si hubiera una división dentro de su estructura, con una facción eligiendo apoyar a Trump mientras que la otra conservaba su postura ideológica anterior – como planteé anteriormente – esta contradicción se resolvería. Pero luego, lógicamente, al tomar el poder, Trump y sus partidarios habrían dejado de referirse al estado profundo por completo y ya no abogarían por su eliminación. Tales apelaciones podrían haber seguido siendo meros eslóganes electorales; las purgas se producirían sin mucha fanfarria, y un estado profundo revisado operaría bajo nuevas directrices.

Sin embargo, ocurrió algo completamente diferente. Los trumpistas y el movimiento MAGA continúan desmantelando explícitamente el estado profundo – no solo tomando su control

Esta paradoja exige una resolución diferente. Es algo ingenuo creer que el apoyo de las fuerzas populistas y los llamados estadounidenses comunes, que de hecho forman el electorado central de Trump, fuera suficiente por sí solo para otorgarle un mandato sobre tales reformas radicales y el desmantelamiento del estado profundo. Pero también parece peculiar asumir que el propio estado profundo decidió conscientemente la autoliquidación.

De aquí surge mi hipótesis: no hay solo un estado profundo, sino dos. Hay un «estado profundo» y hay un «estado aún más profundo». El «estado profundo» es una red internacional estadounidense y global de globalistas liberales, una especie de «International Liberal». Así es exactamente como los propios Trumpistas lo interpretan y definen. Esta entidad ciertamente no le dio a Trump ningún mandato para gobernar, sino que luchó contra él hasta el amargo final. Si no hubiera existido, habría tenido que ser inventada o creada. El apoyo de los «paletos» [i] estadounidenses ordinarios del Rust Belt y el American Heartland por sí solo sería insuficiente para una revolución a tan gran escala. Ciertamente debe haber algo más. ¿Qué podría ser?

Para entender mejor este misterioso fenómeno de un estado aún más profundo, vale la pena comparar el primer mandato de Trump como 45° presidente de los Estados Unidos – Trump 1.0 – y Trump como 47° presidente – Trump 2.0. Durante su primer mandato, el apoyo popular de los estadounidenses comunes también fue relativamente alto, uniendo a las fuerzas conservadoras, particularmente los paleoconservadores, en torno a Trump 1.0. Sin embargo, su administración estaba compuesta principalmente por representantes de ese mismo estado profundo: neocons globalistas y republicanos ambiguos, a quienes los trumpistas de hoy etiquetan despectivamente como RINO (republicanos sólo en nombre), que remiten con humor al término «rinoceronte». La ideología de Trump 1.0 se reunió apresuradamente a partir de varias teorías de conspiración, algunas perspicaces pero en su mayoría absurdas. Esto culminó en el movimiento QAnon, que lleva el nombre de un bloguero anónimo, Q, quien propagó estas extrañas teorías, apoyó activamente a Trump e incluso predijo su victoria electoral de 2016. En ese entonces, Trump era un populista carismático y exitoso que irrumpió en la Casa Blanca contra todo pronóstico montado sobre una ola de desilusión popular hacia globalistas y liberales. Pero no tenía una ideología real, sino la tosca imitación de una.

Sin embargo, en su segundo mandato, surgió una ideología coherente. Su núcleo seguía siendo populista y libertario. Elementos similares existían antes: reducir el gobierno, reducir el gasto social, rechazar la política de género y la censura liberal, combatir la inmigración ilegal, etc. Este polo ideológico fue representado de manera más consistente por Steve Bannon, quien se desempeñó como asesor de seguridad nacional de Trump durante su primer mandato. Pero ahora, este sistema de puntos de vista conservadores-populistas y notablemente nacionalistas estaba claramente articulado, ejemplificado por el documento «Proyecto 2025». Aun así, estas posiciones difícilmente podrían representar la postura genuina de lo que llamamos el estado profundo, y mucho menos el segundo estado, aún más profundo. Más bien, representaban los mismos valores y actitudes estadounidenses, simplemente reflejando una fase anterior. Esta no podría ser una auténtica visión alternativa para el futuro, ni siquiera remotamente comparable con la ideología de los globalistas liberales encarnada por el estado profundo. Hasta cierto punto, el estado profundo en los Estados Unidos consideró la alternancia entre las administraciones demócratas y republicanas como meros cambios de fachada dentro del mismo sistema. Es improbable que algo genuinamente más profundo favorezca repentinamente el regreso a una era estadounidense anterior, con sus condiciones y prioridades, sobre una alternativa más «progresista» y avanzada. Por lo tanto, las pistas sobre el estado aún más profundo deben buscarse en otra parte.

Aquí es donde algo fundamentalmente nuevo, anteriormente ausente del Trumpismo temprano, se vuelve útil. En las elecciones de 2024, Trump recibió el apoyo de figuras clave de Silicon Valley, oligarcas y tecnócratas tradicionalmente asociados exclusivamente con el Partido Demócrata. Este grupo está totalmente dedicado a acelerar el ritmo del tiempo, un proceso que dio lugar a un término particular y la filosofía correspondiente: el aceleracionismo. Los aceleracionistas creen que la existencia se concentra únicamente dentro del tiempo, y al acelerar el tiempo, avanzar rápidamente el progreso tecnológico, especialmente en las redes sociales y la inteligencia artificial, la humanidad puede alcanzar un nuevo nivel cualitativamente. En esencia, esto representa un salto hacia la posthumanidad, o sobrehumanidad.

Sin embargo, en algún momento, los aceleracionistas de Silicon Valley se dividen en dos corrientes: los aceleracionistas de izquierda y los aceleracionistas de derecha. Los primeros creían que el progreso tecnológico se alineaba naturalmente con una agenda liberal de izquierda y se oponía firmemente al conservadurismo y al populismo. Los otros, en cambio, habían propuesto hace varias décadas la tesis paradójica de que el progreso tecnológico y el aceleracionismo no dependen en absoluto de la ideología que prevalece en la sociedad. De manera más radical, argumentaron que la ideología liberal – con sus dogmas inquebrantables, política de género, cultura woke, DEI (Diversidad, Equidad, Inclusión), cultura de cancelación, censura, borrado de fronteras y migración incontrolada – actualmente obstruye el desarrollo, no solo porque no acelera el tiempo, sino porque lo ralentiza activamente. Los líderes intelectuales de este movimiento, como Curtis Yarvin y Nick Land, formularon la teoría del Iluminismo Oscuro», afirmando que para entrar en el futuro, la humanidad debe descartar los prejuicios del humanismo y la Ilustración clásica. En cambio, un retorno a las instituciones tradicionales como la monarquía, la sociedad basada en clases, las castas y los sistemas cerrados fomentaría significativamente el progreso tecnológico.

Es importante destacar que esta idea obtuvo el apoyo activo de oligarcas influyentes, en particular Peter Thiel, el creador de PayPal, Palantir y otras empresas exitosas, y Elon Musk. Estos gigantes tecnológicos penetraron profundamente en el establishment estadounidense, controlando tecnologías de vigilancia, red e inteligencia electrónica de importancia crítica. También avanzaron significativamente en ingeniería, ejemplificados por los logros de Musk en la exploración espacial. Este entorno en Silicon Valley dio lugar a un movimiento distinto que a veces se llama «Thielismo», que lleva el nombre de Peter Thiel. Los aceleracionistas de derecha formaron un grupo cohesionado de poderosos oligarcas que finalmente se sintieron lo suficientemente fuertes como para implementar las ideas del “Iluminismo Oscuro» dentro de la política estadounidense.

Mi hipótesis es que este fenómeno de sombra se convirtió en la base de un estado aún más profundo. Estos individuos eran menos conservadores de derecha tradicionales y oponentes más ideológicos del liberalismo de izquierda y el globalismo. Además, según su teoría, el progreso tecnológico exitoso y un salto decisivo hacia nuevas tecnologías y nuevas formas de existencia solo son alcanzables dentro de sistemas sociopolíticos y culturales relativamente cerrados que replican formas feudales-monárquicas de organización social en una nueva etapa evolutiva.

El propio Thiel se alineó temprano con Trump, creando un círculo íntimo que incluía a los miembros de la familia de Trump y a varios políticos republicanos prometedores, en particular JD Vance. Los sistemas Palantir se convirtieron en parte integral de las operaciones diarias de la CIA y otras agencias de inteligencia estadounidenses, donde el «Iluminismo Oscuro» gradualmente reclutaba partidarios. El populismo y el nacionalismo fueron elegidos conscientemente como cobertura masiva para sus ideas vanguardistas y algo siniestras.

Si bien era necesario un núcleo electoral, por sí solo resultaba insuficiente para la victoria. Por lo tanto, los «aceleracionistas de derecha» decidieron aprovechar las redes sociales, como lo demuestra la adquisición de Twitter (X) por parte de Elon Musk. Musk se convirtió en un símbolo de este segundo polo del trumpismo, apodado «derecha tecno», en contraste con los populistas etiquetados como «derecha tradi» (derecha tradicional). La participación activa de la derecha tecno, junto con el compromiso de los jóvenes a través de las redes sociales y otras herramientas de influencia de alta tecnología, aseguró la victoria de Trump. El propio «Proyecto 2025» surgió de este entorno. Los thielistas y sus candidatos seleccionados ocupaban altos cargos en la nueva administración. Figuras como Vance y Musk son prominentes, pero representan solo la punta del iceberg. Numerosas personas de este grupo asumieron roles clave en varios niveles de gobierno. Por ejemplo, Russell Vought, quien presentó el «Proyecto 2025», se convirtió en Director de la Oficina de Gestión y Presupuesto.

El aceleracionismo de derecha se embarcó en un camino para desmantelar el estado profundo liberal y globalista, no a través de los votantes conservadores convencionales, sino a través de la infiltración en el propio sistema. Desde el primer mandato de Trump en adelante, a lo largo de su lucha por la reelección, se estaba llevando a cabo un inmenso esfuerzo invisible, cuyos resultados solo se hicieron evidentes durante las elecciones. Trump surgió armado con una ideología poderosa y sistemática, con figuras tradicionales de derecha (como Steve Bannon y Jack Posobiec) que impulsan el populismo, y figuras de derecha tecno (incluidos Peter Thiel, Elon Musk, Vivek Ramaswamy, Marc Andreessen, David Sacks y otros) que alinean en su lado al sector tecnológico estadounidense. Los aceleracionistas de derecha promueven la criptomoneda, la exploración de Marte e incluso proponen transformar Groenlandia en un vasto laboratorio para experimentos audaces y radicales.

Si bien la derecha tecnológica sigue siendo una minoría dentro del trumpismo populista más amplio, representan la voz de lo que hemos denominado condicionalmente el «estado aún más profundo». Esencialmente, esta ideología prioriza la tecnología pura y la aceleración de la transición global de la humanidad a un nuevo nivel, hacia AGI, una IA poderosa y la singularidad. Recientemente, Elon Musk escribió en su cuenta X: «Estamos en el horizonte de eventos de la singularidad». A los ojos de los tecnócratas, el obstáculo para esta transición es la ideología liberal (en su opinión, idiota), que están desmantelando con éxito en los Estados Unidos junto con el estado profundo en el que se había atrincherado.

Si esta interpretación es correcta, muchas cosas se vuelven más claras. En primer lugar, entendemos con precisión qué fuerza (y con qué propósitos de gran alcance), permitió que Trump ganara (los ejemplos de cómo se pueden evitar las elecciones incluyen las elecciones estadounidenses de 2020 y la política europea actual). En segundo lugar, explica por qué la resistencia del estado profundo era relativamente fácil de superar: un segmento de ella (el sector de alta tecnología y ciertas facciones dentro de las comunidades de seguridad e inteligencia) ya había sido reformado ideológicamente de acuerdo con los principios del «Iluminismo Oscuro». Finalmente, aclara por qué Trump está actuando de manera tan decisiva: no es simplemente una cuestión de temperamento, sino un plan global para acelerar la progresión del tiempo mismo. Esto trasciende el mero populismo; es filosofía, estrategia e incluso metafísica.

[i] Rednecks, literalmente : “cuellos rojos” (enrojecidos por el trabajo al sol), es un término referido originalmente con valor despectivo a los campesinos y pueblerinos blancos del interior del país, pobres en recursos y en educación. Hoy se usa o bien con orgullo reivindicando un estilo tradicional y sencillo o bien para descalificar a pobladores, especialmente rurales, de ideas políticas conservadoras e intolerantes. Como se ve en este texto, se aplica tanto a los trabajadores industriales del nordeste de USA que sufren la crisis del “cinturón de óxido” (rust belt) como a los habitantes del medio oeste, el “corazón americano” (American heartland), donde predominan los valores tradicionales.