Por Hugo Patricio Pierri | 21/12/2025
Entendiendo el porqué de una estrategia
A partir de la reciente publicación de la Estrategia de Seguridad Nacional de los Estados Unidos (NSS), se han sucedido variadas interpretaciones, muchas de ellas bajo influencia del sesgo a favor o en contra respecto de la administración del Presidente Donald Trump. Dado que como pocas veces alude un documento de este tipo a nuestra región, es imprescindible procurar hacer un análisis lo más objetivo posible del mismo. El punto de partida está en comprender el alcance del concepto de Seguridad Nacional, por cierto mucho más amplio que lo que implica por ejemplo en la Argentina para el ministerio homónimo. Es un campo que abarca – prioritariamente y para ponerlo en términos sencillos a la Política Exterior, a la Inteligencia Estratégica, a la Defensa Nacional y a la Seguridad (llámese pública, interior, federal, ciudadana o por algunos equivalentes). Y también a otras áreas del Estado que puedan contribuir o ser afectadas para y por el logro de “estar seguros”. Seguridad es una situación a lograr; las áreas mencionadas, medios para alcanzarla. Un documento de estas características afecta a todas las áreas de la administración.
Antes de hacer algunas reflexiones acerca de la NSS propiamente dicha, creo que es una buena oportunidad para recalcar el valor de una estrategia de seguridad nacional, genéricamente hablando, como señal o mensaje – para aliados y amigos, adversarios y enemigos y como vértice documental ordenador de planes e iluminador de acciones de todo aquello que involucra directa o indirectamente a la seguridad de un país; en rigor, a toda la acción de su gobierno, porque a la postre seguridad y prosperidad terminan siendo dos caras de la misma moneda.
Hace años vengo sosteniendo que un país de las características de la República Argentina (válido seguramente para otros) necesita una Estrategia de Seguridad Nacional (ESN), bajo una mirada integral. Ese documento debería ser consecuencia de determinar, analizar y establecer cómo hacer frente a los riesgos, amenazas y oportunidades que se desprendan de los escenarios estratégicos futuros con un horizonte temporal a convenir en el mediano/largo plazo, susceptible de actualizaciones y reencauzamientos conforme la evolución del entorno estratégico y de los propios intereses y al modo particular que quien detenta circunstancialmente la administración del Estado entienda su abordaje.
El analizar de manera fragmentada asuntos propios de la Seguridad Nacional conlleva serias consecuencias por el peligro que entraña en cuanto al derroche de recursos (siempre escasos), a la superposición de tareas y a la confusión de roles y de naturalezas (civil, militar y policial). Esa situación se traduce casi indefectiblemente en una ineficiencia e ineficacia general, asignada a menudo como mecanismo justificatorio y para eludir responsabilidad a la falta de recursos o a un plexo legal anacrónico, causas que aun siendo reales de ninguna manera explican integramente la situación a la que se pueda arribar en esos campos.
Dar seguridad es uno de los roles fundamentales y privativos del Estado. Bajo qué condiciones y formas y dentro de qué límites hacerlo es una decisión que requiere de consensos a ser traducidos en la forma de un andamiaje legal edificado a partir de la Constitución Nacional. Tener estructuras y buscarles luego una función no parece el camino más adecuado; tampoco pensar el futuro a partir de compartimientos estancos. Mucho menos copiar las soluciones de naciones dotadas de mayores recursos y con otros desafíos estratégicos. De ahí que es necesario ver el problema como un todo y determinar que fines, qué objetivos estratégicos deben alcanzarse ordenada y sucesivamente en el tiempo para el logro de la seguridad de las personas, de los bienes, de los intereses, de la nación toda. Luego vendrá la determinación de las capacidades necesarias, la asignación de responsabilidades conforme con la naturaleza de los medios disponibles o a obtener en función de roles específicos y la conformación de estructuras. Para ser claro: de arriba hacia abajo. No al revés. O empezando «por el medio», autoimponiéndose objetivos diferentes en cada área y hasta incluso dentro de ellas.
Sería deseable que el impacto que está teniendo la difusión de la NSS despierte la inquietud por disponer de una ESN, orientada a los escenarios futuros que nos desafian como nación. Vaya como disparador la caracterización que en la NSS (Introducción) se realiza de este tipo de documento: «Una «estrategia» es un plan concreto y realista que explica la conexión esencial entre fines y medios: parte de una evaluación precisa de lo que se desea y de las herramientas disponibles, o que pueden crearse de forma realista, para lograr los resultados deseados. Una estrategia debe evaluar, ordenar y priorizar.»
De nuevo: visión integral, fijando fines y conectándolos con los medios pertinentes. No entender este concepto básico puede llevar a confusiones que agregan un obstáculo adicional en la búsqueda de la seguridad, como efecto a lograr.
Algunas reflexiones acerca de la NSS
De carácter general
Toda estrategia involucra señales. El que se las logre identificar siempre ha sido un desafío; tomarlas y actuar en consecuencia o no hacerlo, una elección primero y una decisión después. La nueva NSS es clara y carece de «entrelíneas». En principio llamo la atención hacia aquello de «priorizar», porque hasta las naciones más poderosas consideran a sus recursos escasos. Ello implica necesariamente adoptar políticas de Estado duraderas para la asignación de esos recursos, evitando que cada área tienda a considerase el centro sobre el que deberían girar las demás. Típica consecuencia de la ausencia del planeamiento.
Como característica general, resalta la crudeza y claridad de su lenguaje, en un tipo de documento de los que habitualmente no están ausentes eufemismos clásicos de las relaciones internacionales o de lo políticamente correcto, al menos en sus versiones de libre difusión. Sin duda no es este el caso; por el contrario, no se desperdicia la oportunidad para hacer saber al mundo de manera inequívoca las ideas bajo las cuales se llevará adelante – como se vino haciendo en el primer año de la actual administración – el accionar en términos de Seguridad Nacional y a la vez orientar a los distintos niveles de decisión propios para que hagan su parte a fin de materializarlas en hechos concretos para el logro de los objetivos planteados. Atento al estilo de conducción en materia de política exterior del Presidente Trump (definido por el mismo documento como «pragmático, realista, basado en principios y contenido»), no podemos descartar golpes de timón imprevistos, pero ello no necesariamente debería implicar que se abandone la dirección y la impronta general trazada.
No es menor el hecho de que abandonando la forma de otras estrategias, esta focaliza de manera permanente y explícita sus conceptos en la figura presidencial, a través de una narrativa que resalta su rol de «corrector» del sendero tradicional en la materia y de alguna manera sistematiza lo que se viene haciendo desde el acceso de Trump al poder.
De interés para el mundo
La estrategia define claramente el perfil deseado para los EE.UU. Implica una ruptura con los que denomina errores de cálculo de las élites americanas en el pasado, cuando procuraban erigir a la nación en gendarme del mundo, lo que habría llevado al desgaste de la nación en detrimento de sus necesidades y la de sus ciudadanos. Alude también a la necesidad de quitar apoyo a organismos internacionales cuyo comportamiento resulte contrario a los intereses de los EE.UU., tradicionalmente uno de sus principales aportantes y a la vez convertido en sostén de sus detractores. En el primer año del Presidente Trump esta situación salió a la luz en varias oportunidades, tanto frente a la pertenencia a ese tipo de organizaciones como a la participación en foros y reuniones.
A través de la NSS se anuncia el fin del globalismo, para pasar a un esquema americano-céntrico (cuyo real alcance se desarrollará más adelante) que prioriza la
impenetrabilidad de las fronteras en todos los órdenes, la seguridad y prosperidad dentro de ellas y la proyección sobre el continente.
Al interrogante ¿Qué debería querer Estados Unidos?, responde sin rodeos, en pos de «… una república independiente y soberana cuyo gobierno garantice los derechos naturales otorgados por Dios a sus ciudadanos y priorice su bienestar e intereses.» Esa respuesta podría concretarse en la búsqueda de unos EE.UU. líderes del mundo en todos los campos, para generar la fuerza necesaria a fin de proteger sus intereses en cualquier parte que se lo requiera.
Desde el inicio del documento aparece la idea de priorizar al Hemisferio Occidental, en un enfoque que define como «Corolario Trump de la Doctrina Monroe», al tope de los que caracteriza como «intereses nacionales y vitales». La firmeza y detalle en este aspecto induce a crear la idea de que de una América para todos los americanos propugna una para los EE.UU. «Queremos garantizar que el Hemisferio Occidental se mantenga razonablemente estable y suficientemente bien gobernado para prevenir y desalentar la migración masiva a Estados Unidos; queremos un Hemisferio cuyos gobiernos cooperen con nosotros contra narcoterroristas, cárteles y otras organizaciones criminales transnacionales; queremos un Hemisferio libre de incursiones extranjeras hostiles o de la propiedad de activos clave, y que apoye cadenas de suministro cruciales; y queremos asegurar nuestro acceso continuo a ubicaciones estratégicas clave. En otras palabras, afirmaremos y haremos cumplir un «Corolario Trump» de la Doctrina Monroe.»
El listado de intereses se completa con los que podría decirse han venido siendo los tradicionales de los EE.UU., relacionados con su economía, con la tecnología y con los espacios geopolíticos de interés, como China, Europa y Medio Oriente. Resulta contundente el objetivo de hacer a los EE.UU. más grandes que nunca antes lo fueran en el pasado.
Al referirse a la Estrategia (en relación aquí con lo que tiene de «arte y ciencia», no al mero documento), aprovecha para resaltar la figura del Presidente Trump a quien presenta como «Presidente de la Paz». En este punto es interesante listar lo que denomina «principios» que debe impulsar a la política exterior, de defensa y de inteligencia (por si alguien tiene dudas del alcance de la seguridad nacional como concepto):
- Definición de políticas focalizadas en el interés nacional. Una aplicación clara del principio de «objetivo», lo explica al decir que centrarse en todo como lo hacían estrategias anteriores se termina traduciendo en hacerlo en nada.
- Paz mediante la fuerza. Una revitalización del tradicional concepto de disuasión.
- Predisposición al no intervencionismo. Una vez más el poner en relieve a los intereses de los EE.UU. por sobre todo.
- Realismo flexible. Búsqueda de lo posible sin procurar imponer a otros países valores y formas propias.
- Primacía de las naciones. Sostiene el concepto de estado nación no sólo en su esencia sino frente al avance de organismos supranacionales.
- Soberanía y respeto. Este principio se desarrolla en estrecha relación con el anterior, resaltando la protección de los intereses nacionales por sobre los trasnacionales.
- Equilibrio de poder. El objetivo claramente es impedir que ninguna nación emerja por sobre los EE.UU.
- Perfil pro-trabajador estadounidense. Propugna una prosperidad centrada en las personas y con impronta federal.
- Equidad. El fundamento para la política de aranceles lanzada por el Presidente Trump durante el primer año de su mandato.
- Competencia y mérito. Surge de reconocer que bajo esas premisas los EE.UU. pueden tener el diferencial decisivo en cuanto a innovación, investigación, defensa, ciencia y tecnología, industria y educación. En otras palabras, en cuanto a prosperidad y seguridad nacional.
Será un desafío para los EE.UU., siguiendo la lógica de los principios enunciados, evitar caer en el aislacionismo. La mirada en el continente no parecería conducir a esa situación.
En cuanto a las prioridades
- Fin de la era de la migración masiva. Establece que cada país es soberano respecto a quiénes y en qué número pueden ingresar.
- Protección de los derechos y libertades fundamentales. «El propósito del Gobierno estadounidense es garantizar los derechos naturales otorgados por Dios a los ciudadanos estadounidenses». En este punto amplía su interés a las naciones amigas de Europa.
- Reparto y traslado de cargas. Algo que ya había iniciado el Presidente Trump en su primer mandato. La OTAN es un ejemplo claro: todos deben contribuir conforme sus posibilidades y no depender del aporte de los EE.UU.
- Realineamiento a través de la paz. Los esfuerzos – algunos exitosos, otros en vías de solución – realizados por Trump durante 2025 muestran la priorización de este aspecto.
- Seguridad económica. La establece a partir del comercio equilibrado, la seguridad en el acceso a cadenas de suministro y materiales críticos, la reindustrialización de los EE.UU., la reactivación de la base industrial de defensa y el dominio energético en petróleo, gas, carbón y nuclear. En este último punto explícitamente rechaza a las que denomina «ideologías» del cambio climático y de reducción de emisiones.
De interés particular para el continente americano: el “Corolario Trump” de la Doctrina Monroe
La nueva actitud es expuesta sin dejar lugar a ninguna duda: «Después de años de abandono, Estados Unidos reafirmará y hará cumplir la Doctrina Monroe para restaurar la preeminencia estadounidense en el hemisferio occidental y proteger nuestra patria y nuestro acceso a geografías clave en toda la región. Negaremos a competidores no hemisféricos la capacidad de posicionar fuerzas u otras capacidades amenazantes, o de poseer o controlar activos estratégicamente vitales, en nuestro hemisferio. Este «Corolario Trump» a la Doctrina Monroe es una restauración sensata y contundente del poder y las prioridades estadounidenses, coherente con los intereses de seguridad de Estados Unidos.»
Para materializar esa intención en acciones concretas utiliza dos términos: «reclutar y expandir» (enlist and expand). ¿Cómo interpretar el «reclutar»? Se refiere a la intención de los EE.UU. de trabajar con naciones del continente (amigas y otras que estén dispuestas a colaborar) a fin de respaldar sus intereses, ofreciendo a cambio las ventajas derivadas del comercio bajo condiciones favorables, aunque priorizando el interés propio. No elude mencionar la necesidad de disponer de la posibilidad de acceso y presencia en lugares considerados estratégicos para el logro de sus objetivos, como un «reajuste» de su actual despliegue global.
En cuanto al «expandir», está íntimamente relacionado con el concepto anterior. Se refiere a fomentar el desarrollo conjunto con las naciones del continente bajo dos premisas fundamentales: inducirlas a hacer de los EE.UU. el socio elegido y desalentar su sociedad con otros actores. De nuevo, un lenguaje sin vueltas: «En el hemisferio occidental -y en todo el mundo- Estados Unidos debería dejar en claro que los bienes, servicios y tecnologías estadounidenses son una compra mucho mejor a largo plazo, porque son de mayor calidad y no tienen las mismas condiciones que la asistencia de otros países.» Una «invitación» algo forzada a la región; una «advertencia» a China. En este punto proporciona instrucciones precisas a los funcionarios propios y recomendaciones a las empresas americanas para lograr sus objetivos: ganar terreno y desplazar a la competencia.
El resto de las regiones
Respecto de Asia, virtual segunda prioridad aunque la primera en términos de empleo del poder militar, resume el interés de los EE.UU. en «Ganar el futuro económico, prevenir la confrontación militar». Parte de reconocer el fracaso de la estrategia de años anteriores respecto de China, definiendo al Indo-Pacifico como uno de los actuales y futuros principales campos de batalla económicos y geopolíticos. Ofrece como hitos de la hoja de ruta el liderar desde una posición de fuerza, reequilibrar la relación económica con China y disuadir. Simultáneamente, promueve la relación con India y con los aliados tradicionales Japón y Australia bajo la misma lógica que para el hemisferio occidental: desalentar el acercamiento con China. Enfatiza la necesidad de acrecentar el liderazgo tecnológico de los EE.UU. Es claro respecto a la necesidad de disuadir militarmente a China en Taiwan y en el mar, pero de nuevo insta a equilibrar cargas en cuanto a inversión en defensa a Japón, Taiwan, Australia y Corea del Sur.
El capítulo europeo es el que tal vez más impacto mediático tuvo desde la difusión de la NSS. A pesar de referencias precisas, donde se sigue reconociendo la cercanía de los EE.UU. con Europa, llama la atención la crudeza con que se analiza la situación de la región y sobre todo cómo se mide el interés y el grado de involucramiento estadounidense en su problemática. No sorprende que aparezca Rusia por primera vez en esta parte de la estrategia, por la mención a su poder nuclear, único que reconoce como desestabilizante respecto del resto de Europa. Es de suponer se trata del objeto central de interés de los EE.UU respecto de esa nación y por ello pone de manifiesto la necesidad de tenerlo bajo control. Todo lo demás es un asunto de las naciones europeas. Enfatiza sin embargo el compromiso con el fin de la guerra en Ucrania.
No ahorra la estrategia en recomendar el fomento de naciones denominadas sanas (sin mencionarlas explícitamente) y el llamado de atención de lo que podría catalogarse como la deseuropeización, sin duda sustentado en el impacto de la inmigración en algunos países fundamentalmente. En ese orden, promueve el apoyo a partidos y movimientos considerados «patrióticos». Apela en síntesis a una suerte de refundación cultural sobre sus raíces y a la necesidad de que adquiera entidad propia en términos de defensa, sustentada en el necesario acompañamiento con el esfuerzo económico correspondiente.
Respecto de Medio Oriente, marca el fin de la prioridad de la región en la política exterior de los EE.UU. Justifica ese viraje en el hecho de que para los EE.UU. ya no tiene la importancia que tuvo en otros tiempos en materia energética y a que se percibe que los procesos de paz entre las naciones de la región avanzan con signo positivo. Enfatiza en la necesidad de aceptar a las naciones amigas conforme los sistemas y normas derivados de su religión y cultura y no tratar de imponerles las propias. Como con Europa, prioriza el rol de las naciones de la región en la solución de sus conflictos, aunque establece la necesidad de procurar negar la influencia de otras naciones extrarregionales y en todo actuar conforme a los intereses de los EE.UU.
Finalmente, la consideración de África responde a las mismas líneas generales que para el resto, evidentemente en una escala de prioridad menor. La referencia a que «Estados Unidos debería buscar asociarse con países seleccionados para aliviar los conflictos, fomentar relaciones comerciales mutuamente beneficiosas y transitar de un paradigma de ayuda exterior a un paradigma de inversión y crecimiento capaz de aprovechar los abundantes recursos naturales de África y su potencial económico latente» alude inequívocamente a la intención de no dejar el campo libre para el accionar de Rusia y sobre todo de China en el continente, con la vista puesta en la abundante riqueza de recursos sobre todo minerales.
Implicancias para la República Argentina
El actual estado de las relaciones entre la República Argentina y los EE.UU. otorga a la NSS un mayor valor y obliga a profundizar en el análisis de su alcance e impacto. Es política asumida por el gobierno del Presidente Javier Milei el alineamiento con los EE.UU. Ello ha quedado demostrado más allá de declamaciones en reiteradas oportunidades, por el voto y actitud en organismos y foros internacionales y por la marcha de las relaciones con terceros países. Sin embargo la relación con China, que se viene procurando mantener en un adecuado grado de equilibrio en el plano económico, podría ser objeto de presiones en el futuro habida cuenta de los lineamientos contenidos en la NSS.
La respuesta de los EE.UU. hasta ahora ha sido consecuente con el alineamiento argentino, como venimos asistiendo en los últimos meses en términos fundamentalmente económicos, pero también presente en el ámbito de la Seguridad Nacional. La NSS confirma que el enfoque del Presidente Trump acerca del mundo y de nuestra región en particular obedece a una mirada geopolítica, traducida en la necesidad de satisfacer necesidades en el plano de la Seguridad Nacional de los EE.UU. con vistas a resguardar sus intereses nacionales y vitales. De esa manera los «amigos» toman un rol fundamental en el plano de las relaciones internacionales de la administración Trump, en un ida y vuelta de concesiones y gestos que dan forma a un tipo de relación sin precedentes. Flota en el aire como si se dijera que «a los buenos amigos no les puede ir mal y haremos todo a nuestro alcance para evitarlo» (las comillas no refieren a un texto o expresión en particular). Pero no se trata de un obsequio, sino de un intercambio.
Conviene retener eso de que «Los beneficios – el fin de conflictos de larga data, vidas salvadas, nuevas amistades – pueden compensar con creces los costos relativamente menores de tiempo y atención.» Si bien parece referido a guerras en desarrollo, habrá que profundizar y ver cuánto podría avanzarse en sustento de los intereses argentinos relacionados con las Islas Malvinas y otras del Atlántico Sur. Misma consideración recibiría el hecho de que en varios pasajes se pone de manifiesto la prevención de los EE.UU. al desarrollo de poder por parte de potencias extrarregionales. Aunque no sea necesario hacer demasiado esfuerzo para descubrir que la referencia es a China, podría servir de fundamento para otras situaciones similares que afectan la soberanía argentina.
Dado el actual proceso de desarrollo de la energía en la Argentina y el camino evidente a la consolidación del país como uno de los «grandes» en la materia, resulta importante tener en cuenta el concepto de «dominio energético»: «Restaurar el dominio energético estadounidense (petróleo, gas, carbón y energía nuclear) y repatriar los componentes energéticos clave necesarios es una prioridad estratégica fundamental». No hay una mención explícita a Vaca Muerta como algunos quisieron o hicieron creer. Pero podría deducirse sí una referencia tangencial en conjunción con otros párrafos del documento, consecuencia del interés por ser socio «preminente», no dirigida en particular a estas latitudes sino coherente con las líneas generales del documento en relación con todo el hemisferio.
Por otra parte, en algunos tramos se avanza específicamente a la cooperación mutua. «Los vínculos creados entre Estados Unidos y nuestros socios beneficiarán a ambas partes, al tiempo que dificultarán que competidores no hemisféricos aumenten su influencia en la región. Y aunque priorizamos la diplomacia comercial, trabajaremos para fortalecer nuestras alianzas en materia de seguridad, desde la venta de armas hasta el intercambio de inteligencia y los ejercicios conjuntos.» El mensaje es inequívoco. Y el apoyo a las naciones del hemisferio se percibe como generador de ciertas «contraprestaciones»: «Estados Unidos debe tener una posición preeminente en el hemisferio occidental como condición para nuestra seguridad y prosperidad, una condición que nos permita afirmarnos con confianza donde y cuando sea necesario en la región. Los términos de nuestras alianzas, y los términos bajo los cuales brindamos cualquier tipo de ayuda, deben depender de la reducción de la influencia externa adversaria, desde el control de instalaciones militares, puertos e infraestructura clave hasta la compra de activos estratégicos en sentido amplio.»
Se avanza en la caracterización de la asociación estratégica de los EE.UU. con los países de la región, llegando a la mención directa del trabajo combinado en la protección de los recursos: «El Consejo de Seguridad Nacional iniciará de inmediato un sólido proceso interinstitucional para encargar a las agencias, con el apoyo del brazo analítico de nuestra Comunidad de Inteligencia, la identificación de puntos y recursos estratégicos en el hemisferio occidental con miras a su protección y desarrollo conjunto con los socios regionales.»
A modo de conclusiones
Será difícil para cualquier país integrarse con un grado aceptable de capacidad de decisión soberana al esquema de seguridad continental generado desde Washington si simultáneamente no se dispone de planes propios elaborados a partir de una Estrategia de Seguridad Nacional asumida como política de estado de mediano/largo plazo.
Antes que sorprenderse de que una potencia como los EE.UU. ponga la mirada (y a partir de ello haga funcionar su Sistema de Seguridad Nacional) en los recursos estratégicos propios y de otros países o establezca líneas estratégicas definidas para salvaguardar sus intereses vitales y nacionales debería prestarse atención al descuido y a la falta de anticipación por parte de cada país sobre lo que le es propio.
En concreto para la Argentina:
- La NSS representa una oportunidad (que, como sucede a menudo en asuntos estratégicos, desaprovechada puede mutar en riesgo) tanto para la edificación de una relación duradera, predecible y mutuamente beneficiosa con los EE.UU. como para crear conciencia de la importancia y necesidad de disponer de un documento de tales características adaptado a las necesidades y capacidades del país que derive en los planes y acciones consecuentes.
- Prestarle atención a la NSS de ninguna manera implica ceder soberanía. Se puede ser más permeable o más crítico de su contenido. Lo que no se debe es ignorarla. Como tal vez nunca antes, la región en general y la Argentina en particular están entre sus destinatarios prioritarios.
