Por Christian Cirilli | 06/09/2026
La reacción “desmesurada” de Irán, al transformar un ataque “puntual” israelo-estadounidense en un conflicto de alcance regional, afectando transversalmente a los distintos actores, con especial impacto sobre la economía energética global, ha reducido significativamente el margen de Rusia para sostener posiciones moderadas en su confrontación con la OTAN en Ucrania.
A diferencia de Irán, que ha denominado al conflicto abiertamente como «guerra», el Kremlin respondió a los embates atlantistas mediante una «Operación Militar Especial», cuyos objetivos declarados —la “desmilitarización” y la “desnazificación”— fueron deliberadamente amplios y de contornos difusos. Al mismo tiempo, Moscú procuró circunscribir las hostilidades a un determinado espacio geográfico y mantuvo, de manera recurrente, su disposición a entablar negociaciones que terminaron revelándose siempre condenadamente estériles.
Más problemático aún, numerosos actos violatorios de la OTAN que Moscú había presentado previamente como “líneas rojas” no fueron seguidos por medidas de represalia de una magnitud proporcional ni, en muchos casos, dirigidas contra los actores que Rusia consideraba responsables. Por el contrario, Putin ha privilegiado una estrategia de contención y respuesta gradual, apelando reiteradamente al peso de su condición de potencia nuclear, pero aceptando —al menos hasta ahora— un elevado costo en términos de bajas, destrucción material y pérdida de posiciones.
De hecho, la reiterada formulación de “líneas rojas” por parte de Moscú terminó produciendo, paradójicamente, un efecto inverso al buscado: lejos de contener la escalada, pareció alentar a los países occidentales a avanzar progresivamente hacia umbrales que Rusia había presentado como intolerables, evaluando en cada etapa los límites efectivos de su respuesta. Cuando esta finalmente se produjo, por lo general adoptó formas indirectas, graduales o asimétricas, antes que represalias directas contra los Estados proveedores, que obviamente, son beligerantes. Occidente fue comprobando así que podía incrementar el nivel de asistencia militar y de otro tipo a Ucrania sin provocar una confrontación abierta entre Rusia y la OTAN.
La evolución del armamento suministrado a Kiev resulta ilustrativa.
La ayuda comenzó con sistemas portátiles como los misiles antitanque Javelin y los sistemas antiaéreos de corto alcance infrarrojos Stinger; posteriormente incorporó lanzacohetes HIMARS, tanques pesados como los Leopard 2 y Abrams, misiles de largo alcance como ATACMS y Storm Shadow, sistemas antiaéreos Patriot y, finalmente, aviones de combate F-16. A esta progresión se suma ahora el desarrollo de capacidades de ataque profundo mediante drones, incluida una iniciativa multinacional de la propia OTAN para desarrollar sistemas de “deep precision strike” basados en vehículos no tripulados.
Ni hablar que, desde el minuto cero, pero con agravada profundización, los satélites de Starlink y el manejo de datos de Palantir estuvieron disponibles.
Frente a esta sucesión de escaladas, Moscú ha evitado, hasta ahora, dirigir represalias militares inequívocas contra los territorios de los principales Estados proveedores, optando fundamentalmente por adaptar sus propias capacidades para neutralizar o degradar, en la medida de lo posible, los sistemas occidentales introducidos en el campo de batalla. Incluso ante la creciente utilización de drones para atacar objetivos situados en la profundidad del territorio ruso, la respuesta se ha mantenido esencialmente dentro de la lógica del enfrentamiento indirecto. En agosto de 2026, por ejemplo, Ucrania ha intensificado significativamente sus ataques contra refinerías e infraestructura energética rusa, mientras Occidente continúa ampliando la cooperación tecnológica y militar con Kiev de manera indisimulable.
En contraste, Irán —un país demográfica, económica y militarmente muy inferior a Rusia y carente, al menos oficialmente, de armamento nuclear— ha desafiado abiertamente a dos potencias nucleares, Israel y Estados Unidos, adoptando una estrategia de represalia directa y de escalada que ha demostrado una considerable capacidad para elevar los costos del conflicto más allá del territorio iraní.
Aun conscientes de los peligros que entrañaría una guerra total, amplios sectores de la sociedad rusa —incluidos determinados círculos de su intelectualidad— han comenzado a tomar nota de la creciente intensidad de estos ataques. El conflicto ya no está confinado a las zonas fronterizas ni a los espacios próximos al teatro de operaciones: sus efectos empiezan a hacerse sentir cada vez más cerca de los grandes centros urbanos y, literalmente, “en las puertas de sus casas”.
¡Y exigen respuesta acordes! ¡No solo contra los ucranianos! ¡Sino contra sus promotores europeos!
La OTAN y Ucrania han venido sosteniendo una campaña de ataques de profundidad que ya no puede calificarse de meramente simbólica, sino que reviste una magnitud cada vez más significativa y, en algunos episodios, estremecedora. Los ataques han alcanzado Moscú y su región circundante, Rostov del Don y otras localidades de la región de Rostov, Krasnodar, Vorónezh, Sarátov y Engels —de particular relevancia por su infraestructura industrial y militar—, Samara y Togliatti, San Petersburgo y la región de Leningrado, así como Briansk, Kursk, Bélgorod, Riazán, Tula y, más recientemente, Tambov.
El espectro de objetivos también se ha ampliado. Ya no se limita a refinerías, depósitos de combustible e instalaciones estrictamente militares: comprende nodos logísticos, complejos industriales, fábricas vinculadas a la producción de armamento, instalaciones sensibles —incluidas aquellas relacionadas con la fabricación de motores de cohetes—, arsenales y, cada vez con mayor frecuencia, grandes centros de distribución comercial. El caso de Wildberries resulta particularmente ilustrativo: el 26 de agosto un ataque con drones destruyó por completo su gigantesco centro de Kotovsk (Tambov), mientras que otros ataques recientes han alcanzado instalaciones de Ozon. El 16, el centro Wildberries de Moscú fue literalmente pulverizado. Ese almacén procesaba aproximadamente el 10% de los pedidos del volumen total de ventas en Rusia.
Esta ampliación del repertorio de objetivos sugiere que ya no se trata únicamente de degradar la capacidad militar y energética rusa, sino también de introducir los efectos de la guerra en la infraestructura económica y logística que sostiene la vida cotidiana.
Estos ataques contra la infraestructura civil han desatado la furia del Kremlin. En una entrevista con el periodista Pavel Zarubin, corresponsal del canal estatal ruso Rossiya-1 y del programa Vesti, Putin afirmó que Kiev había “abierto la caja de Pandora”:
Por supuesto, mientras el régimen banderista permanezca afianzado en Kiev, Ucrania seguirá siendo el principal mascarón de proa de estas ofensivas. Pero, en este escenario, hay un actor que destaca especialmente por su activismo: el Reino Unido.
En mi artículo de agosto de 2025, «La (primera) cumbre Trump-Putin», dediqué un apartado a la «insidia británica», donde analicé las razones por las que Londres intentaría por todos los medios frustrar cualquier entendimiento entre Rusia y Estados Unidos, como pareció ser la tendencia al inicio de la segunda Administración Trump. Para entonces, advertía ya de un inquietante paralelismo histórico: la Guerra de Crimea de 1853-1856, un conflicto en el que la rivalidad entre las grandes potencias volvió a convertir la cuestión rusa en el eje de una compleja estrategia británica de contención.
Inclusive, Londres fue el refugio de Zelenski tras el áspero enfrentamiento que mantuvo con Donald Trump y J. D. Vance en la Casa Blanca el 28 de febrero de 2025, cuando ambos lo acusaron de poner en riesgo la paz y de conducir al mundo hacia una eventual Tercera Guerra Mundial.
Apenas dos días después, el 2 de marzo, el primer ministro británico Keir Starmer convocó en Londres la cumbre Securing Our Future, en la que reunió a los principales dirigentes europeos, al secretario general de la OTAN y a representantes de otros países para cerrar filas en torno a Ucrania y contrarrestar cualquier acuerdo con Rusia que no contemplara las condiciones de seguridad y soberanía exigidas por Kiev (léase, los intereses británicos en el mar Negro).
En estos últimos meses, el Reino Unido —que desde el inicio del conflicto ha desempeñado un papel central en la dimensión naval de la guerra contra la Flota rusa del Mar Negro y que fue uno de los principales instigadores del bluff mediático en torno a la supuesta “masacre de Bucha”— ha incrementado la presión sobre Rusia en múltiples frentes: militar, económico, tecnológico y diplomático.
El 14 de junio de 2026, fuerzas británicas realizaron por primera vez una operación directa para interceptar un petrolero de la denominada «flota fantasma» rusa en el Canal de la Mancha. El buque Smyrtos fue abordado por Royal Marines y agentes de la National Crime Agency. Transportaba 98.000 toneladas de crudo y navegaba bajo bandera de Camerún. Había salido del puerto ruso de Ust-Luga, en el golfo de Finlandia, y su destino declarado era Port Said, Egipto. El navío permanece aún detenido en Portland/Weymouth.
El 18 de junio de 2026, Londres elevó un nuevo peldaño su apoyo militar a Kiev al anunciar un paquete de £ 752 millones que financiará, antes de finalizar el año 2026, 150.000 drones de producción ucraniana y más de 350 misiles de defensa antiaérea y sistemas de radar. El paquete se financia mediante el préstamo británico de £ 2.260 millones concedido a Ucrania en el marco del mecanismo ERA [1], respaldado por los rendimientos de activos soberanos rusos inmovilizados.
El 6 de agosto, ya con Andy Burnham instalado en el 10 de Downing Street, el gobierno británico lanzó un nuevo paquete de sanciones contra bancos rusos, empresas vinculadas al Kremlin y buques de la «Flota Fantasma». Dos semanas después, el 24 de agosto, durante su visita a Kiev, Burnham dio un paso particularmente sensible: autorizó a MBDA a compartir con Ucrania información técnica clasificada sobre componentes británicos de los misiles de crucero Storm Shadow, con el objetivo de permitir su fabricación local.
Ante todo esto, Moscú reaccionó con dureza y advirtió a través de la vocera de cancillería, María Zajárova —o sea, oficialmente—, que el Reino Unido podría convertirse en objetivo de eventuales ataques contra instalaciones militares británicas, tanto en Ucrania como fuera de ella.
Poco antes, el ministro de Relaciones Exteriores, Serguéi Lavrov, comentó que Moscú considerará la implicación directa británica en los ataques contra su territorio “como una participación en la guerra con todas las consecuencias que ello conlleva”.
Súmese eso al hecho de que el puesto de embajador ruso en Reino Unido está vacante: Andréi Kelin, quien ocupaba el cargo desde 2019 finalizó su misión el 21 de julio de 2026 … sin reemplazo.
La situación del apoyo irrestricto británico nos hace desempolvar aquel cambio de doctrina nuclear al que me referí en mis artículos «Rusia piensa lo impensable» y «Putin y su thriller psicológico». Me refiero al Decreto Presidencial N.º 991, firmado el 19 de noviembre de 2024, que introdujo una modificación crucial: una agresión contra Rusia por parte de un Estado no nuclear que contara con la participación o el apoyo de un Estado nuclear pasaría a ser considerada un ataque conjunto contra la Federación Rusa.
El fuerte involucramiento británico en Ucrania, que, en honor a la verdad, se remonta al comienzo mismo de la guerra, se ha intensificado considerablemente durante los últimos meses y parece responder a lo que podría denominarse una «estrategia de máxima presión».
Londres apuesta, a través de ella, a que Rusia termine quebrándose bajo el peso de una guerra cada vez más costosa, por las dificultades para sostener el esfuerzo bélico sin comprometer su frente interno. El cóctel de sanciones, presión económica y ataques militares incesantes y cada vez más punzantes busca, además, evitar que Ucrania —que eventualmente podría quedarse sin ninguna capacidad para contener el avance ruso en su propio territorio— se vea obligada a sentarse a negociar desde una posición de debilidad.
Burnham presentó el apoyo a Ucrania como una cuestión directamente vinculada a la seguridad nacional británica. Detrás de esta posición subyace una lógica estratégica de larga data: Londres siempre procura impedir que una potencia continental consiga establecer una posición hegemónica sobre Europa. Desde esta perspectiva, el Reino Unido ha tendido históricamente a preservar un equilibrio de poder en el continente mediante la formación de coaliciones destinadas a contener a la potencia que, en cada momento, aparece como dominante. En el contexto actual, Rusia ocupa ese lugar.
A ello se suma otra consideración de carácter transatlántico. Cuando Washington adopta una postura temporalmente más ambigua respecto de Ucrania —por ejemplo, al limitar la entrega de determinados sistemas de armas—, Londres procura compensar esa vacilación mediante un mayor compromiso propio, para mantener involucrado a Estados Unidos en el conflicto a través de la coordinación militar y política con sus aliados europeos. En otras palabras, cuanto mayor es la implicación británica, más difícil resulta para Washington desvincularse por completo del sostenimiento de Ucrania.
Finalmente, está el «momento político». Las próximas elecciones parlamentarias rusas, destinadas a renovar la Duma Estatal, tendrán lugar el 20 de septiembre de 2026. Se trata de un dato particularmente relevante para interpretar la evolución de la guerra: serán las primeras elecciones legislativas celebradas desde el inicio de la llamada «Operación Militar Especial» y tendrán lugar en un contexto de creciente presión militar, económica y social sobre Rusia.
En este contexto ocurrieron dos hechos reveladores:
El primero fue la visita a Moscú, el 25 de agosto, del arzobispo Paul Richard Gallagher, secretario del Vaticano para las Relaciones con los Estados —una suerte de canciller—, para entrevistarse con Lavrov y con Yuri Ushakov, asesor presidencial. Considérese que es la primera visita presencial de alto nivel entre funcionarios del Vaticano y Rusia ¡en cinco años! ¡Y duró 3 días!
El Vaticano expresó sus preocupaciones por la guerra y ofreció sus “buenos oficios” para facilitar el diálogo. La llegada de un emisario papal confirma que la situación que se avecina es sumamente seria, pero, al mismo tiempo, la diplomacia vaticana reafirma su intención de preservar a Ucrania dentro del espacio de influencia occidental, particularmente en su dimensión religiosa, cultural y geopolítica.
No sería algo enteramente novedoso. Durante los siglos en que buena parte de las tierras ucranianas occidentales quedaron integradas en la Mancomunidad Polaco-Lituana, Roma ya había desarrollado una intensa política de penetración e influencia religiosa en ese espacio fronterizo entre el mundo católico y el ortodoxo.
De hecho, el propio nombre Ucraina/Україна significa “tierra fronteriza”; una zona de transición histórica entre distintas civilizaciones, confesiones y proyectos de poder.
El segundo hecho revelador fue la repentina y sorpresiva visita a Moscú del director de la CIA, John Ratcliffe, el mismo día, pero a la madrugada, en un enorme transporte C-17A Globemaster de la USAF.
Aquí conviene contextualizar también: se trata de la primera visita a Rusia de un jefe de la Inteligencia occidental desde la llegada de William Burns, en noviembre de 2021, marcada por el último intento de Estados Unidos de impedir que Rusia lanzara su Operación Militar Especial (o, más bien, incitando a Rusia a lanzarla, dado que Moscú había entregado dos drafts que fueron olímpicamente ignorados por Occidente el 17 de diciembre de 2021).
Obviamente, todo cuanto se especule al respecto debe tomarse con cautela, pues se trató de conversaciones reservadas y duraron apenas 4 horas. El vocero presidencial, Dmitri Peskov, se limitó a confirmar que Ratcliffe había mantenido contactos con los servicios de inteligencia rusos, sin identificar a sus interlocutores. Posteriormente, el director del SVR, Serguéi Naryshkin, sí confirmó que se había reunido con Ratcliffe y calificó el encuentro de “reunión de trabajo” rutinaria. En cambio, el director del FSB, Aleksandr Bórtnikov, parece no haberse reunido con el estadounidense.
El Wall Street Journal ha teorizado sobre el motivo de la visita, explicando que se trató de una advertencia 🫢:
Estados Unidos ha recopilado inteligencia que muestra los primeros preparativos de Rusia para una posible movilización militar en Ucrania y planes para poner a prueba la determinación de la OTAN.
En cambio, el New York Times, lanzó una opereta en donde el jefe de la CIA se preocupaba 😶 por la apremiante derrota rusa:
John Ratcliffe, director de la CIA, realizó esta semana una visita secreta a Moscú para compartir en privado su pesimista valoración sobre estado de la guerra rusa contra Ucrania y para instar a los rusos a llegar a un acuerdo antes de que su situación militar y económica empeore, según funcionarios actuales y anteriores.
Esto parece francamente ridículo. El representante N.º 1 del Deep State —porque, ¡atentos!, de eso se trata— viajando personalmente a Moscú para advertir a los rusos que no ataquen territorio de la OTAN o para comunicarles que su campaña militar en Ucrania está condenada al inminente fracaso no parece ser un cometido especial. ¿Qué sentido tendría que la CIA viajara hasta Moscú para advertir e a Rusia que está a punto de perder una guerra si justamente ha actuado todo el tiempo para que eso suceda? ¿Y cómo Rusia montaría un ataque fulminante contra la OTAN si contra el proxy ucraniano estaría a punto de desfallecer?
Además, para advertir basta un llamado telefónico, una apercibimiento público o, si se quiere, un grandilocuente mensaje por Truth Social de Trump. Podría haberse utilizado un documento formal del Departamento de Estado. O incluso, puestos a dramatizar, un DEFCON 2 [2]. Pero no: el jefe de la CIA fue en carne y hueso hasta Moscú para transmitir un mensaje que, si realmente era simplemente una advertencia, difícilmente requería semejante puesta en escena.
La CIA es precisamente la agencia a la que Moscú vinculó con la operación contra la residencia de Putin en Valdai del 29 de diciembre de 2025. ¿Lo recuerdan, verdad? Se los refresco aquí. La CIA, en particular, desarrolló durante años una relación extraordinariamente estrecha con los servicios de inteligencia ucranianos: entrenamiento, equipamiento, infraestructura clandestina y cooperación para obtener inteligencia sobre y desde Rusia. Esto incluso se desarrolló mucho antes de la OME de 2022. Vale decir: la CIA es un enemigo de Rusia de primer nivel. Lo que ocurrió en Moscú un encuentro de enemigos acérrimos. Y entre enemigos lo único que se puede hablar es de rendición o de pacificación temporal.
Por consiguiente, la explicación más plausible, parece ser otra. No se trata de que “Moscú no pase el umbral” ni de que Rusia esté “al borde del colapso”. Los ataques rusos continúan “deforestando” el paisaje ucraniano, mientras que en el Donbás la mancha voraz del avance ruso sigue extendiéndose, lenta pero inexorablemente, como afirmó recientemente Gerásimov. Peor aún: como nunca antes la economía ucraniana está al borde del colapso.
Entonces, ¿para qué fue realmente el jefe de la CIA a “territorio enemigo”?
Si bien es un misterio, la explicación más plausible es que la CIA esté intentando evitar que Ucrania quede expuesta a una devastación aún mayor, máxime, con la incipiente llegada del invierno, que expondrá sus peores debilidades. Asimismo, habría pedido que Rusia no ataque a los aliados británicos. La CIA no habría ido a amenazar, sino a bajar la tensión.
Eso explicaría por qué fue una agencia y no representantes directos del gobierno estadounidense —o negociadores específicamente elegidos, como Witkoff— quienes estuvieron implicados en estas conversaciones. Es un canal formal, pero no tan formal, que preserva la fachada.
Desde el episodio de Starobelsk y la decidida campaña ucroatlantista contra la infraestructura civil-económica, Rusia parece haberse sacudido buena parte de sus restricciones autoimpuestas, dejando atrás incluso la retórica de las “naciones hermanas” y empleando crecientemente todo su poder militar contra lo que queda de la economía y la infraestructura ucranianas. Los ataques a almacenes, iniciados por Kiev, ahora reciben un vuelto dramático. Esto explicaría el brusco cambio de postura de Zelenski desde la bravuconada insolente —revisen el lenguaje soez de la carta del 4 de junio— a reclamar un alto el fuego, la retirada recíproca de las tropas de la línea del frente y la creación de una zona de amortiguamiento “a la coreana” con tropas de la OTAN; una exigencia que ni por asomo está entre los deseos del Kremlin.
No resulta casual que Putin haya declarado, casi simultáneamente, que le llegan propuestas “exóticas e inaceptables” para poner fin prematuramente al conflicto, ni tampoco resulta casual, que el 28 de agosto, apenas tres días después de la llegada de Ratcliffe, Rusia efectúe el lanzamiento de un ICBM RS-24 Yars desde Plesetsk hacia Kamchatka, a más de 6.700 kilómetros de distancia.
¡Oh, casualidad! Mientras Ratcliffe se encontraba en Moscú, la “estrella fulgurante” ucraniana, Mijailo Fédorov, formulaba ante Reuters una sorprendente declaración: Ucrania está “perdiendo la guerra” contra Rusia y dispone apenas de “unos meses” para tomar las decisiones necesarias para cambiar el rumbo del conflicto.
Creo que hemos llegado a un punto de inflexión que determinará nuestra trayectoria futura. Pero parece que estamos perdiendo poco a poco.
Que en agosto hayan aparecido propuestas para extender las obligaciones militares a mujeres sin hijos revela hasta qué punto la cuestión ha dejado de ser un tabú y la creciente necesidad de Ucrania de disponer de más efectivos para el frente. El enviado especial de Donald Trump para Ucrania, Keith Kellogg, se ha mostrado como un ferviente partidario de esta posibilidad.
Así las cosas, Ratcliffe —que, por la propia naturaleza de su cargo, conoce mucho mejor que nadie la situación real en Ucrania y en Irán— terminó viajando personalmente a Moscú para fumar la pipa de la paz. La razón de fondo parecía bastante menos épica: evitar una humillación [3]. Trump podría haber decidido utilizar un nuevo mediador después de que las rondas anteriores con sus representantes de confianza —Witkoff, Kushner y Rubio— no lograran detener los enfrentamientos. ¿Pero generará Ratcliffe confianza en los rusos?
Recientemente, Lavrov se expresó en términos similares a Putin, quien ha llegado a definir a Occidente como «el Imperio de las Mentiras»:
El engaño es la base de la diplomacia occidental. Y sigue siéndolo…. Los rusos tiende a creer en las personas hasta el final. Pero el final ya ha llegado.
Si nos dejamos guiar por ese mantra entonces Rusia seguirá la opción militar a fondo hasta cumplir sus objetivos. La guerra aún tiene un brillante porvenir.
Durante años, Moscú administró la escalada con “paciencia estratégica”, respondió de manera gradual y convirtió sus “líneas rojas” en advertencias cuya credibilidad fue erosionándose a medida que Occidente las atravesaba una tras otra. Pero la lógica parece haberse invertido: cuanto más se profundizó la participación occidental, más cerca quedó Rusia de concluir que la autocontención no evitaba la guerra, sino que simplemente trasladaba sus costos hacia adelante.
La visita de Ratcliffe puede leerse precisamente bajo esa luz. Si efectivamente Washington buscó transmitir a Moscú que evitara una devastación mayor de Ucrania, porque eso conllevaría acciones más graves, entonces la cuestión fundamental ya no sería cómo derrotar a Rusia, sino cómo impedir que una derrota ucraniana termine transformándose en una confrontación directa entre potencias nucleares.
Y aquí aparece la paradoja: la política de máxima presión puede haber alcanzado justamente el punto en que empieza a producir el efecto contrario al buscado. En lugar de obligar a Moscú a negociar, podría estar convenciendo al Kremlin de que solo una victoria militar suficientemente contundente garantizará que Rusia no vuelva a quedar sometida al mismo mecanismo de presión.
El lanzamiento del Yars apenas tres días después de la llegada de Ratcliffe constituye, en ese contexto, un recordatorio difícil de ignorar: Rusia no solo continúa combatiendo en Ucrania; también está recordando cuál es el límite último de la confrontación.
Quizá por eso Lavrov haya pronunciado la frase que mejor resume el momento: “el final ya ha llegado”. Si Moscú realmente ha dejado de creer en la posibilidad de que Occidente cumpla sus compromisos, entonces la pregunta ya no es cuánto puede escalar esta guerra. La verdadera pregunta es cuánto falta para que Rusia considere que ya no tiene absolutamente nada que contener.
- El ERA (Extraordinary Revenue Acceleration, “Aceleración Extraordinaria de Ingresos”) es un mecanismo financiero creado por el G7 en junio de 2024 para proporcionar a Ucrania unos 50.000 millones de dólares en préstamos. ↩︎
- DEFCON 2 significa (“Condición de Preparación de Defensa 2”). Es el segundo nivel más alto de alerta militar de Estados Unidos, inmediatamente por debajo de DEFCON 1, que corresponde a la máxima preparación para una guerra inminente. ↩︎
- Haciendo un juego de palabras, en las redes se viene nombrando a Ratcliffe como “Rats-off-a-cliff”, que literalmente significa “ratas cayendo por un acantilado”. ↩︎
