Por Miguel Ángel Iribarne | 18/10/2026
“Es parte del plan para el Gran Israel”, aseguran unos. Se “Se trata del enfrentamiento entre China y Occidente”, afirman otros. “No es más que lucha por el petróleo” garantizan los terceros. “Tiene un significado escatológico”, proponen los más radicales. El conflicto iraní admite múltiples lecturas y éstas no son necesariamente excluyentes, sino que bien pueden resultar complementarias. En todo caso, cualquier conflicto histórico de gran calado es, normalmente de naturaleza multifactorial y ello resulta patente en el que estamos abordando.
Nos proponemos, pues, exponer de manera muy sumaria cuatro posibles lecturas de la presente guerra medio-oriental, sin que el orden de la exposición deba corresponder, ciertamente a la jerarquía propia de la causa expuesta.
Lo que primeramente salta a la vista es la oposición frontal de Israel e Irán en el plano político estatal. Ambos postulan la destrucción del otro como necesidad de la propia supervivencia. Estamos aquí ante lo que se ha llamado «amenaza existencial», que vuelve ilusoria la pretensión de amortiguar las diferencias mediante los procedimientos propios de la Diplomacia y del Derecho Internacional Público. Esta dimensión no es aplicable, en cambio, a los EEUU, sobre todo después de las revelaciones del Ex director de Lucha contra el Terrorismo; y ello tiñe de incertidumbre la conducta futura del país ante el conflicto, ya que ella queda totalmente sujeta a las peripecias de la política doméstica y al peso de los lobbies sobre la misma.
Otro plano es el referido a los enfrentamientos religiosos. O, más bien, al choque de las diversas culturas políticas generadas por determinadas confesiones religiosas. Allí, por ejemplo, se registra la relativa convergencia –quizás inestable- entre el judaísmo, el Islam suní (Pactos de Abraham) y ciertos segmentos del evangelismo («sionismo cristiano), enfrentadas todas con el rebelde islamismo shií. Quedan fuera de esta dialéctica tanto la Iglesia Católica como la Ortodoxia oriental. La vulnerabilidad de ésta última tiene que ver con la sospecha de operar como instrumentum regni de Moscú, mientras que Roma –en cambio- confirma su perfil global –que no “globalista”- de cara a las dinámicas postbélicas.
No puede dejar de atenderse, obviamente, la fuerte implicación geopolítica del conflicto, en la acepción original y fuerte de la palabra (Mackinder, Mahan, Spykman…) y no en la acepción de «política internacional» que le viene dando el periodismo en los últimos años.
Finalmente, no puede perderse de vista la enorme significación histórica de este conflicto –al igual que el de Ucrania- dentro de las «» guerras de la transición hegemónica» , que , en la longue durée, van configurando el nuevo orden político del espacio global.-
