60 años de la «Revolución Argentina»

Por Miguel Ángel Iribarne | 28/06/2026

El 28 de junio de 1966 las FFAA destituyeron al presidente Arturo Illia e instalaron en su lugar al Tte.Grl. Juan Carlos Onganía, retirado de aquéllas poco tiempo atrás. En este caso no se trató, como en 1930, 1943 o 1955, de un putsch movido por una parcialidad de la milicia, sino de una acción concertada, corporativa y homogénea de las tres fuerzas detrás de sus mandos naturales. Algún General al que se sabía reticente había sido purgado preventivamente con anterioridad.

Concluía así el ciclo de la “democracia proscriptiva”, instalada con el ascenso del Tte.Grl. Aramburu al poder en noviembre de 1955 y de la que terminó siendo usufructuario último el Radicalismo, tal como lo fueran en la década del ’30 el Antipersonalismo, el Socialismo y la Democracia Progresista, entonces en perjuicio de las huestes yrigoyenistas. Resulta curioso, por no calificarlo de hipócrita, el comportamiento de tantas figuras consulares que se deshacen en elogios –seguramente bien fundados- respecto de la honestidad personal de Illia, soslayando el hecho de que su arribo al poder se produjo en 1963 merced a los vetos imperantes contra la fuerza presuntamente mayoritaria, vetos ratificados con la oposición explícita al intento de retorno de Perón al país en 1965. Si bien la llamada “Revolución Argentina” no se identificó en absoluto con los proscriptos, es innegable que –como el golpe del’43- tuvo por efecto secundario “emparejar la cancha” entre las diversas fuerzas partidarias, hecho advertido por el propio Perón, que aconsejó “desensillar hasta que aclare…”.

Es difícilmente cuestionable que el grueso de la sociedad civil recibió el cambio con expectativas favorables. Estaba preparada para ello por distintas influencias ideológicas, diversos intereses y variadas sensibilidades que habían coincidido en recorrer un trecho del camino en común. Es decir, de una convergencia táctica más que estratégica. De qué se trataba?

a) de una búsqueda de la modernización económica, sea que la misma se encarase por vías neoliberales o desarrollistas;
b) de la aceptación de la crisis de los partidos y simultáneamente de la subsistencia de la representación social del sindicalismo;
c) de un alineamiento decidido con el mundo occidental en el marco de la guerra contrarrevolucionaria;
d) de la actualización y «eficientización» de las estructuras estatales.

Quienes sustentaban una o unas de estas visiones vieron –o creyeron ver- en Onganía el líder que históricamente las encarnaba. Su autoridad natural sobre el Ejército a partir del triunfo de los “azulea” en 1962, se fue extendiendo progresivamente al mundo civil, que creyó percibir en él los valores de orden y ejecutividad de que había tanto menester el país. Ello explica el memorable texto de Mariano Grondona a dos días del golpe: “En las jornadas de setiembre de 1962 surgió algo más que un programa, una situación militar o una intención política: surgió un caudillo” (En Pimera Plana, Por la Nación).

Acompañarían el liderazgo de Onganía en los cuadros superiores del Estado un puñado de oficiales retirados más o menos vinculados al “lonardismo” y muchos civiles (no fue un gobierno “castrense”) procedentes del nacionalismo moderado de inspiración católica o del liberal-conservadurismo. No había compromisos con el Peronismo pero tampoco hostilidades a priori. Profesionalmente hablando se trataba de equipos que competían ventajosamente con la última experiencia partidocrática.

En el bienio inicial la Revolución no cosechó quizás muchos entusiasmos desbordantes pero sí prudente aceptación. Entre 1968 y 1969, en cambio, comenzarían a detectarse fisuras –leves al principio- en los mandos superiores del Ejército. Paralelamente, las políticas de reconversión económica impulsadas por Adalbert Krieger Vasena empezaban a tropezar con las resistencias corporativas previsibles. Y algo más inquietante sucedía en el ámbito cultural: se propagaba en ambientes eclesiales la ideología “tercermundista” que ulteriormente denunciaría Carlos Sacheri en La Iglesia clandestina. Por lo demás, las Universidades, siguiendo la huella del Mayo francés y de las revueltas en los ateneos norteamericanos comenzarían a entrar en ebullición al estilo 1945.

Qué le faltaba a Onganía? Le faltaba política. A diferencia de Pinochet y del propio Franco que dieron legitimidad referendaria a sus nuevas instituciones, nuestro homólogo no quiso –o quizás no tuvo tiempo- /de apelar a otra justificación que al hecho mismo de su instauración presidencial por las FFAA, fuerzas a las que, por lo demás, no consideraba tener que rendir cuentas . Frágil posición para afrontar desde ella las borrascas internas y las presiones externas que amenazaban el logro de sus objetivos.

En estas condiciones el desgaste del capital político inicial era inicialmente lento pero finalmente inexorable. Apareció Lanusse, una “espada sin cabeza” al modo de Pagola o de Lavalle, y ello condujo al quiebre de la sustentación militar en el momento mismo en que algunos conflictos socioeconómicos comenzaban a convertirse en brotes de la guerra revolucionaria. Más allá de la encerrona en la que el propio Onganía se estaba situando desde el Cordobazo, el resultado final de la acción de Lanusse no podría ser otro que la orgía montonera del 25 de mayo de 1973. El más ambicioso –hasta entonces- de los golpes militares de la Argentina terminaba en la escena más bochornosa. Aunque la guerra interna aún no había llegado a su ápice.-